Hoy, como otro cualquiera, es un buen día para homenajear todo el amor que nos dieron esas personas que ya no están junto a nosotros.
Ya sea por la llamada "ley de vida" o por la inoportuna "ley de Murphy", nuestra historia acabó dejando tras ella restos para conformar parte de una vida, y así mismo un vacío en nosotros imposible de volver a llenar.
Y es que, a fin de cuentas, cada persona es irreemplazable; puede que sus imperfecciones sean las que las hacen ser únicas, especiales, y retos para nosotros... Pues estar juntos, aguantarnos, mimarnos, querernos, es un gran reto, un reto del que a veces se desiste, y no se llega al final.
Después, están esas personas con las que nuestra historia parecía no tener fin, hasta que la eternidad las llamó a ellas y no a nosotros.
No hace falta una fecha o un momento en particular para decir esas palabras y, además, no lo hay. Pero es un hecho tan real como nosotros el haber querido a gente que ahora ya no está.
Dicen que nunca dejamos de querer... que, pese a los problemas y al daño, el ser humano perdona y olvida, y al final sólo queda en la memoria el dulce sabor de la calidez del trato mutuo.
Así que, lanzo este mensaje al aire, a todos, para que recordéis que hay personas a las que habéis querido y a las que, seguramente, nunca dejéis de querer. Aunque la eternidad y el orgullo estén por medio, ellas siempre serán parte de vuestra historia, de vuestra vida, y del corazón y del espíritu. Serán parte de vosotros mismos, y no podréis hacer menos que, al mirar atrás, una vez pasado el dolor, sonreír al ver sus miradas en vuestra memoria, y recordar que esas personas, esas gentes que ya no están con vosotros, fueron un día parte de vuestro todo...
Fueron las que realmente os hicieron felices.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
jueves, 6 de junio de 2013
Vive
La vida es demasiado complicada como para andar enredándola más nosotros. Quiere, siente, ayuda, sonríe, estudia, aprende, compón, escribe, baila, salta y alégrate el día... porque el mundo ha querido que seas tú el que estés ahí, frente a la pantalla, leyendo esto. El destino ha querido que seas tú el que vivas, así que no lo decepciones. Haz historia, sé feliz.
miércoles, 17 de abril de 2013
Amor, Amor
En honor a mi profesora de latín, que este mes celebra sus bodas de plata, he aquí un texto muy simple sobre el amor. Espero que os guste.
Hubo una vez, en un reino muy lejano, una preciosa princesa de largos cabellos de oro a la que un gallardo caballero desposó. Tal vez quisiera el azar del destino, o el destino hecho azar, que el muchacho se decidiera a pedir su mano por la indecisión de otro joven.Y es que el amor es el sentimiento que mejor se disfraza, que mejor sabe mentir. El amor es como un velo que nubla nuestros sentidos, hasta tal punto de aparentar no existir. Mas, cuando otro corazón intenta adentrarse en el del amado, los sentidos comienzan a reaccionar y te hacen comprender que debes afrontar retos y dificultades, incluso miedos y vergüenzas, para llevar a cabo tu objetivo, que no es otro que el de pasar el resto de una vida junto a tu otra mitad.El hada madrina de la princesa quiso advertir a la muchacha de lo que estaba por venir:“A veces es difícil convivir con el ser amado, pero la gente dice, o suele afirmar, que de no ser por el amor no se conseguiría una armonía entre esos dos espíritus, ni se aguantarían reacciones o personalidades que jamás hubieses imaginado que casarían contigo. Aunque, cuando se trata de la persona a la que quieres, no te importa nada. Es él. ¿Y qué más da? Sois así, y así os queréis, por igual.Es difícil encontrar a tu mitad, así que, cuando topes con ella… ¡no la sueltes! Quiérela, ámala, y consérvala como el tesoro más valioso que puedas llegar a tener, porque eso es lo que es. Es la persona más especial de tu vida… es el regalo que te ha querido dar el destino. Es la fusión de dos espíritus… algo que pocos pueden afirmar haber vivido. Es la experiencia más absoluta, más personal y más trascendental de uno mismo: querer a alguien y por él, a su vez, sentirse querido.”Por eso, cuando la princesa y el caballero contrajeron matrimonio, supieron que, a pesar de las dificultades que tuvieran que afrontar, lo soportarían sólo con la firmeza que el amor les transmitiría.La princesa y el caballero siguen viviendo en armonía, y se aman igual o más, incluso, que el primer día. Aunque el sufrimiento en la vida sea constante, saben que se amortigua con su amor: un amor infinito que se profesaron desde una tarde soleada en la que sus ojos se encontraron e intercambiaron palabras… unas palabras que, aunque no lo supieran entonces, fueron los primeros versos de un cantar que todavía siguen piando los pájaros del tiempo, la fortuna, y la vida.
Hubo una vez, en un reino muy lejano, una preciosa princesa de largos cabellos de oro a la que un gallardo caballero desposó. Tal vez quisiera el azar del destino, o el destino hecho azar, que el muchacho se decidiera a pedir su mano por la indecisión de otro joven.Y es que el amor es el sentimiento que mejor se disfraza, que mejor sabe mentir. El amor es como un velo que nubla nuestros sentidos, hasta tal punto de aparentar no existir. Mas, cuando otro corazón intenta adentrarse en el del amado, los sentidos comienzan a reaccionar y te hacen comprender que debes afrontar retos y dificultades, incluso miedos y vergüenzas, para llevar a cabo tu objetivo, que no es otro que el de pasar el resto de una vida junto a tu otra mitad.El hada madrina de la princesa quiso advertir a la muchacha de lo que estaba por venir:“A veces es difícil convivir con el ser amado, pero la gente dice, o suele afirmar, que de no ser por el amor no se conseguiría una armonía entre esos dos espíritus, ni se aguantarían reacciones o personalidades que jamás hubieses imaginado que casarían contigo. Aunque, cuando se trata de la persona a la que quieres, no te importa nada. Es él. ¿Y qué más da? Sois así, y así os queréis, por igual.Es difícil encontrar a tu mitad, así que, cuando topes con ella… ¡no la sueltes! Quiérela, ámala, y consérvala como el tesoro más valioso que puedas llegar a tener, porque eso es lo que es. Es la persona más especial de tu vida… es el regalo que te ha querido dar el destino. Es la fusión de dos espíritus… algo que pocos pueden afirmar haber vivido. Es la experiencia más absoluta, más personal y más trascendental de uno mismo: querer a alguien y por él, a su vez, sentirse querido.”Por eso, cuando la princesa y el caballero contrajeron matrimonio, supieron que, a pesar de las dificultades que tuvieran que afrontar, lo soportarían sólo con la firmeza que el amor les transmitiría.La princesa y el caballero siguen viviendo en armonía, y se aman igual o más, incluso, que el primer día. Aunque el sufrimiento en la vida sea constante, saben que se amortigua con su amor: un amor infinito que se profesaron desde una tarde soleada en la que sus ojos se encontraron e intercambiaron palabras… unas palabras que, aunque no lo supieran entonces, fueron los primeros versos de un cantar que todavía siguen piando los pájaros del tiempo, la fortuna, y la vida.
lunes, 24 de diciembre de 2012
El adiós
Sí, la razón se pierde cuando las formas te pueden. El cariño se olvida cuando las sonrisas cesan. Todo pasa. Todo cambia. Todo continúa su camino. Pero, mal que me pese, aquí sigo: con complejo de enamorada en un corazón que ya no late a tu ritmo. Mi alma sigue en trance y no la puedo despertar. El recuerdo de tu amor no se extingue en mi memoria, sino que se aviva cada día más. Hay cosas que mi mente desea que elimine, y mi inteligencia me achaca culpas que jamás sabré cómo enmendar, mas quisiera que, algún día, todo lo vivido se pudiera recordar sin traer dolor ni confusión.
Quisiera que nuestros días perduraran en el corazón, y no en una mente maligna que intenta causar odio y rencor hacia tu persona. Yo soy más que eso. Yo soy yo, y tú has sido parte de mi yo en un momento dado. Sin embargo, todo aquello que un día sentí por ti se va consumiendo de forma lenta e inexorable, como cayendo a un precipicio del que no se puede salvar la vida.
Todo pasa. Todo camba. Todo continúa su camino, al igual que tú. Tal vez sea mejor esto que nada. Tal vez, nos haya servido para madurar. Pero en mi alma aún queda la sombra de lo que un día sentimos el uno por el otro; la sombra de la sonrisa que mi corazón esbozaba cuando veía la tuya en tu rostro.
Todo pasa, todo cambia, y todo continúa su camino. Este es el final del nuestro, no del mío. Es el principio de algo nuevo, diferente. Algo que habrá que afrontar con sus consecuencias. Es el final de algo que se había dormido, tal vez, para no despertar. Así que, mal que me pese, para ser felices ambos debemos decir adiós al pasado, y saludar con alegría al futuro.
Quisiera que nuestros días perduraran en el corazón, y no en una mente maligna que intenta causar odio y rencor hacia tu persona. Yo soy más que eso. Yo soy yo, y tú has sido parte de mi yo en un momento dado. Sin embargo, todo aquello que un día sentí por ti se va consumiendo de forma lenta e inexorable, como cayendo a un precipicio del que no se puede salvar la vida.
Todo pasa. Todo camba. Todo continúa su camino, al igual que tú. Tal vez sea mejor esto que nada. Tal vez, nos haya servido para madurar. Pero en mi alma aún queda la sombra de lo que un día sentimos el uno por el otro; la sombra de la sonrisa que mi corazón esbozaba cuando veía la tuya en tu rostro.
Todo pasa, todo cambia, y todo continúa su camino. Este es el final del nuestro, no del mío. Es el principio de algo nuevo, diferente. Algo que habrá que afrontar con sus consecuencias. Es el final de algo que se había dormido, tal vez, para no despertar. Así que, mal que me pese, para ser felices ambos debemos decir adiós al pasado, y saludar con alegría al futuro.
domingo, 2 de diciembre de 2012
De miedos y vergüenza
Entonces le hablé. Fue como si se parara el tiempo.
Creí que no era real, que esas palabras jamás se habían deslizado por mi boca.
Acto seguido, se giró. Me miró. Contestó.
Y así, nació un lazo: un vínculo. Algo demasiado fuerte como para describirlo aquí.
¿Cómo un simple hola pudo ser el nexo entre nosotros y el destino? ¿Hasta qué punto el mundo está formado por casualidades?
En aquel momento descubrí que la vergüenza no hace más que dificultar el paso de lo que debe ser, por eso he aprendido a ser valiente, a superar mis miedos. Porque cada miedo que no ha sido superado son fallos en tu camino real.
Sé valiente, lucha por tus sueños. Comienza así algo que maque tu historia.
Creí que no era real, que esas palabras jamás se habían deslizado por mi boca.
Acto seguido, se giró. Me miró. Contestó.
Y así, nació un lazo: un vínculo. Algo demasiado fuerte como para describirlo aquí.
¿Cómo un simple hola pudo ser el nexo entre nosotros y el destino? ¿Hasta qué punto el mundo está formado por casualidades?
En aquel momento descubrí que la vergüenza no hace más que dificultar el paso de lo que debe ser, por eso he aprendido a ser valiente, a superar mis miedos. Porque cada miedo que no ha sido superado son fallos en tu camino real.
Sé valiente, lucha por tus sueños. Comienza así algo que maque tu historia.
martes, 31 de julio de 2012
Océano
Océano. Peligroso amante. Enemigo ardiente. Conocido en el que aún no nos hemos adentrado. Antagonista de la razón, amigo de los sueños, e infiel compañero de amor.
Aguas que acunan la irrealidad y la ficción, que nos llaman, y que nos envuelve con la embelesadora nana que canta con sus olas.
Nos adormila. Nos hace perder la noción de la realidad para tenernos a su merced.
Nos confunde. Intenta causarnos curiosidad para que nos adentremos en él.
Y aún sabiendo todo esto, todavía sucumbimos al embrujo de sus turbulentas aguas verdosas. Al oír su llamada, acudimos desesperados al encuentro de la amante traicionera. Pero… ¿qué hacer? Somos piratas. En las venas no tenemos sangre, sino agua salada. El océano es nuestro, sin embargo, debemos pagar un alto precio por él. Acabamos por renunciar a todo lo que conocíamos, y huimos de nuestro antiguo hogar cuando el mar nos hizo hijos suyos. Por eso, cuando estamos perdidos… cuando nos faltan fuerzas para continuar, y nuestras esperanzas son pocas, debemos confiar en la marea. Pase lo que pase, suceda lo que suceda... ella nos llevará a casa.
Aguas que acunan la irrealidad y la ficción, que nos llaman, y que nos envuelve con la embelesadora nana que canta con sus olas.
Nos adormila. Nos hace perder la noción de la realidad para tenernos a su merced.
Nos confunde. Intenta causarnos curiosidad para que nos adentremos en él.
Y aún sabiendo todo esto, todavía sucumbimos al embrujo de sus turbulentas aguas verdosas. Al oír su llamada, acudimos desesperados al encuentro de la amante traicionera. Pero… ¿qué hacer? Somos piratas. En las venas no tenemos sangre, sino agua salada. El océano es nuestro, sin embargo, debemos pagar un alto precio por él. Acabamos por renunciar a todo lo que conocíamos, y huimos de nuestro antiguo hogar cuando el mar nos hizo hijos suyos. Por eso, cuando estamos perdidos… cuando nos faltan fuerzas para continuar, y nuestras esperanzas son pocas, debemos confiar en la marea. Pase lo que pase, suceda lo que suceda... ella nos llevará a casa.
sábado, 28 de abril de 2012
In Nominem Salieri
Despierta. Abre la mente. Agudiza los sentidos. ¿No
lo ves? ¿No lo oyes? Es el fantasma de un hombre que intenta escapar de sus
crueles leyendas. Es el eco de las notas que un día resonaron en la mente de un
gran genio. Es el silencioso regreso de vaivenes melódicos y acompasados que se
deslizan entre el viento y llegan hasta ti: hasta tu alma dormida… y pretenden
hacerla despertar.
Tal vez, si observas más allá de estas palabras, e
introduces tu imaginación en la Viena imperial… en esa Viena de calles paseadas
por grandes compositores, y distinguidos hombres y mujeres vestidos con ricos y
pesados atuendos, y ataviados con sus extravagantes pelucas de cabellos
rizados, puedas encontrarlo. Está allí, en el interior del palacio; inclinado sobre
su escritorio, con una hermosa pluma en la mano, y un brillo intensamente
inteligente en sus ojos color miel.
Concentrado y atento a las notas que apunta en el
papel, aprieta sus finos y ajados labios y adopta un semblante de seriedad tal,
que lograría detener en seco incluso a aquel muchacho atolondrado y enfermizo
con grandes dotes musicales, al que la gente conoce como Wolfang Amadeus
Mozart.
Pero no estamos aquí para hablar de Mozart. ¿O tal
vez sí? Su trabajo y su apasionado espíritu activaron sentimientos ocultos en
la esencia pausada y detallista del compositor de cámara… Salieri.
No. No es de Mozart de quien pretendo hablar, sino
de alguien a quien el supuesto enfrentamiento con él lo ha llevado a carecer de
buena ventura en los relatos que han pasado a nuestros días.
Antonio Salieri. Él, con el marchito cabello, ya cano
y lacio, cayendo ligeramente sobre su frente… con el arrugado entrecejo
denotando intensidad de pensamientos, y
los pómulos, flácidos y rosados, manifestando su profundo ensimismamiento,
reflexiona sobre las notas que acaba de
escribir en el papel. Frente a él hay tachones que indican cambios repentinos
de pensamiento, lo que lleva a advertir que es un hombre un tanto impulsivo,
aunque no carente de metódica.
Perfeccionista. Despabilado. Tal vez un tanto
egocéntrico.
Pero no podemos juzgar sin saber, y realmente, lo
que sabemos de él es, más bien, nada; no obstante, no me andaré por las ramas.
Observa tú mismo a Salieri.
Cansado, se levanta de la silla rococó en la que
está sentado y comienza a deambular por la estancia. La casaca negra que porta
sobre los hombros impide que se distingan con claridad su chupa azul brillante
y su camisa blanca, las cuales asoman tímidamente por un resquicio que su
oscura vestidura ha dejado sobre su torso. En su pecho, aparte de la eufórica
excitación que le ofrecen sus estrofas cada vez que las plasma en tinta negra,
descansa, relajadamente, una cadena de oro que hace de colgante para un hermoso
medallón.
Su retratista llega tarde, o al menos, eso intuye.
Para asegurarse, levanta la vista hacia el reloj, y en efecto; está en lo
cierto.
Vuelve a sentarse en su silla a esperar.
Y pacientemente espera, espera y espera. Luces y
sombras juegan en su rostro como si fuese un juguete roto; algo que ahora,
impensablemente, podría soñar con ser. Pero el destino es injusto. Severo.
Cruel. El sino lo hará pasar a la historia como el pérfido asesino de genios y
leyendas; como aquel malvado hombre que envenenó al más soberbio de los
artistas.
Seguid mirándolo en silencio. No está bien perturbar
la vida de un gran hombre con absurdas difamaciones a cerca de su persona, pues
no sabemos si lo que dicen es cierto o no.
Sólo podemos tener una cosa por segura: que Salieri
fue un gran hombre, y supo plasmar su alma en las melodías que compuso. Pero,
hacia qué lado escapó la grandeza de su espíritu, es algo que nosotros jamás
lograremos averiguar. ¿Fue tan buen amigo de Mozart como muchos dicen? ¿O, tal
vez, sí que hizo sucumbir al compositor? Hubo luz en su alma… ¿pero acabó por
apagarse? ¿Realmente, cuando se incriminó, ya senil y enfermo, en el manicomio,
a causa del crimen cometido, gozaba de unos escasos segundos de lucidez?
¿Bondad o vanidad? ¿Amistad o envidia? ¿Tal vez
demasiado presuntuoso, engreído y arrogante? ¿O puede que fuese todo lo
contrario? De un alma manchada no puede surgir esa música celestial…
Salieri se presenta como actor secundario en la obra
de una vida ajena a la suya, cuando todos deberíamos contar con el derecho a ser
protagonistas de nuestra propia leyenda… el derecho a ser recordados por lo que
fuimos, y no por cómo influimos en otro personaje.
¿Cómo resolver el rompecabezas de su personalidad?
Es un misterio; un enigma; un arcón al que le falta la llave para abrirlo, y el
cual está decorado con preciosos relieves y bonitas florituras doradas; sin
embargo, sólo vemos el exterior… tan sólo un perfil de lo que realmente
contiene.
Por ahora, Salieri no se preocupa por todo eso. Ajeno
a su futura fama... ignorante de su venidera reputación… ve cómo el retratista
llega. Se levanta de la silla; se saludan. Ambos hacen una breve reverencia
inclinando sutilmente su cabeza frente al otro.
Y ahí, el artista abre el maletín de sus pinturas.
Saca el cuadro, a punto de ser terminado, de un rincón de la habitación, y lo
coloca en el caballete.
Acto seguido, comienza a hacer los últimos retoques.
Sólo falta su firma, un título y una fecha.
Salieri se queda inmóvil frente al pintor, y deja
que dé los últimos toques de color al cuadro.
¿Quién sabe lo que estará pensando en este preciso
momento el italiano? Puede que ni siquiera esté pensando. Tal vez está dejando
pasar el tiempo hasta que sepa en qué centrar su atención.
Unas últimas pinceladas hacen dejar el rostro de
Salieri grabado en la historia, y con él, el trasfondo de una vida que nadie
conseguirá descifrar.
Sus sentimientos, una absoluta incógnita. Su mente,
la de un gran artista. Su paso por la Tierra, el de un sigiloso felino que
llama la atención, básicamente, por el movimiento lento y reservado con el que
se mueve sobre su escenario.
Un hombre. Una leyenda. Un misterio sin resolver.
Y entre medio, un cuadro. Una imagen que deja a la
vista su rostro, para que, cuando los hombres de nuevas generaciones nos
cuestionemos el por qué de su mito,
consigamos verlo a él, y bajo su semblante, en pintura oscura y
marchita, encontremos el nombre de su personaje principal:
Antonio
Salieri,
1825.
Por
Joseph Willibrod Mähler.
Qué paradoja. El pasado de un gran genio eclipsado
por la sombra de su propio devenir.
miércoles, 4 de abril de 2012
La Nana de Ángela
"Tal vez sea hora de contar lo que verdaderamente sucedió."
La llama de la vela tintinea al lado del sombrío rostro de una muchacha de cabellos oscuros.
"Sé que ésta no es la forma más propicia de empezar una biografía, pero intuyo que debo contarla de este modo… No porque pretenda que creáis lo que me dispongo a relatar, sino por mi propio bien… y por el del secreto que pretendo confiaros."
La muchacha alza su rostro pálido y mortecino, acaricia con la mirada las letras escritas en el papel que tiene frente a ella, y recoge su pluma del estudio para volver a escribir.
La muchacha alza su rostro pálido y mortecino, acaricia con la mirada las letras escritas en el papel que tiene frente a ella, y recoge su pluma del estudio para volver a escribir.
"Primero, me gustaría decir que me llamo Ángela, y cuando me ocurrió esta increíble y trágica historia tenía poco más de dieciséis años…
También me gustaría añadir que nunca abracé a mis padres. No tuve oportunidad."
También me gustaría añadir que nunca abracé a mis padres. No tuve oportunidad."
La llama de la vela se apaga de improviso. Ángela se queda a oscuras el tiempo que tarda en coger las cerillas de la mesa y volver a encender la mecha para tener lumbre.
"Vivía con personas ajenas a mí; seres que se hacían llamar mi familia… mi padre y mi madre… pero no lo eran. Nunca lo fueron, y nunca lo serán. Gracias a esto aprendí que la vida es dura, y por consiguiente, me encerré tanto en mí misma que ya no sé ni cómo salir de mi propia cárcel de rencor.
Estos seres que se hacían llamar mi padre y mi madre me criaron desde los nueve años en una gran mansión, en medio de un pueblecito cántabro llamado Comillas. Lo tenía todo: dinero, joyas, cócteles por las noches y partidas de tenis por el día. Pero no fui feliz… jamás.
¿Por qué, si lo tenía todo? Porque me faltaba el amor y el cariño de las personas que, supuestamente, me querían. Nunca obtuve una muestra de afecto por parte de mis nuevos padres, ni por los consanguíneos… pues murieron días después de que mi madre me diese a luz. Después de aquello me pasé mis nueve primeros años de vida de orfanato en orfanato, hasta que, un buen –o maldito– día, me dijeron que una familia adinerada y pudiente quería adoptar a una niñita de más o menos mi edad. Los trámites empezaron y acabaron en poco tiempo, y en un abrir y cerrar de ojos, la familia pudiente compró el Palacio del Marqués de Sobrellano y me trasladaron, junto con ellos, a vivir a aquella lujosa finca."
Estos seres que se hacían llamar mi padre y mi madre me criaron desde los nueve años en una gran mansión, en medio de un pueblecito cántabro llamado Comillas. Lo tenía todo: dinero, joyas, cócteles por las noches y partidas de tenis por el día. Pero no fui feliz… jamás.
¿Por qué, si lo tenía todo? Porque me faltaba el amor y el cariño de las personas que, supuestamente, me querían. Nunca obtuve una muestra de afecto por parte de mis nuevos padres, ni por los consanguíneos… pues murieron días después de que mi madre me diese a luz. Después de aquello me pasé mis nueve primeros años de vida de orfanato en orfanato, hasta que, un buen –o maldito– día, me dijeron que una familia adinerada y pudiente quería adoptar a una niñita de más o menos mi edad. Los trámites empezaron y acabaron en poco tiempo, y en un abrir y cerrar de ojos, la familia pudiente compró el Palacio del Marqués de Sobrellano y me trasladaron, junto con ellos, a vivir a aquella lujosa finca."
Ángela abre sus ojos grises y hermosos, y contempla la llama de la vela. Fuera, tras la ventana, un cuervo grazna, ufano, mientras se mofa de la imagen que presenta la muchacha escribiendo en su alcoba. Ésta no se inmuta; baja la mirada y sigue escribiendo.
<<La primera impresión constituyó para mí un sueño hecho realidad. Entré en aquel palacio de grandes losas de piedra e imponentes muros sólidos y grises, y no pude hacer otra cosa que llorar. “Tengo una familia”, me dije. “Una familia y una fortuna”, seguí pensando.
No puedo creer que en aquel momento fuese tan ingenua.
A los nueve años esperas de la vida juguetes, diversión, amigos, y la aprobación de tus padres cuando dibujas una nueva obra de arte con tus lápices de colores.
Yo no tuve nada de eso. Es cierto que aquellas personas me presentaron a los niños de las mejores familias de la zona, y al principio todo iba bien: jugaba con ellos al escondite en el bosque del recinto de mi familia, cazábamos mariposas juntos e incluso llegábamos a pasar la noche saltando de cama en cama cuando nuestros “padres” estaban reunidos en el salón bebiendo Whisky y fumando cigarrillos finos.
Pero pronto, las cosas empezaron a cambiar. No notaba el afecto que anteriormente había recibido… se esfumó como se esfuma el color de las hojas de los árboles en cuanto ven que el otoño se acerca.
Pasaron los años, y los niños maduraron. Ya no venían en compañía de sus padres, por lo tanto, yo estaba sola.
Me hice huraña, reservada… antipática, hosca y estirada. No tenía amigos. No tenía familia. No tenía… a nadie.
Pero un día, cuando cumplí los quince años, creí que una pizca de cariño había brotado del corazón de mis benefactores, que quisieron hacerme el obsequio de un pequeño colgante de forma ovalada. Tal dicha me embargó en aquel momento, que me lo puse a toda prisa y nunca me lo quité.
Aunque esto fue un error, después de todo. Ese colgante me ha llevado a la perdición. ¿Cómo?
Sólo sé que del pequeño colgante, un día brotó una melodía embelesadora… casi tan relajante como una nana. Así descubrí que no se trataba sólo de un mero colgante, sino de un pequeño carillón con una música que, por aquel entonces, denominaba yo como “la nana del otro mundo”. >>
No puedo creer que en aquel momento fuese tan ingenua.
A los nueve años esperas de la vida juguetes, diversión, amigos, y la aprobación de tus padres cuando dibujas una nueva obra de arte con tus lápices de colores.
Yo no tuve nada de eso. Es cierto que aquellas personas me presentaron a los niños de las mejores familias de la zona, y al principio todo iba bien: jugaba con ellos al escondite en el bosque del recinto de mi familia, cazábamos mariposas juntos e incluso llegábamos a pasar la noche saltando de cama en cama cuando nuestros “padres” estaban reunidos en el salón bebiendo Whisky y fumando cigarrillos finos.
Pero pronto, las cosas empezaron a cambiar. No notaba el afecto que anteriormente había recibido… se esfumó como se esfuma el color de las hojas de los árboles en cuanto ven que el otoño se acerca.
Pasaron los años, y los niños maduraron. Ya no venían en compañía de sus padres, por lo tanto, yo estaba sola.
Me hice huraña, reservada… antipática, hosca y estirada. No tenía amigos. No tenía familia. No tenía… a nadie.
Pero un día, cuando cumplí los quince años, creí que una pizca de cariño había brotado del corazón de mis benefactores, que quisieron hacerme el obsequio de un pequeño colgante de forma ovalada. Tal dicha me embargó en aquel momento, que me lo puse a toda prisa y nunca me lo quité.
Aunque esto fue un error, después de todo. Ese colgante me ha llevado a la perdición. ¿Cómo?
Sólo sé que del pequeño colgante, un día brotó una melodía embelesadora… casi tan relajante como una nana. Así descubrí que no se trataba sólo de un mero colgante, sino de un pequeño carillón con una música que, por aquel entonces, denominaba yo como “la nana del otro mundo”. >>
Un grito ensordecedor desgarra el silencio en el que se sumerge la noche.
-Ya empieza. Ya vuelve. Son ellos.
-Ya empieza. Ya vuelve. Son ellos.
"Fue un error creer que me haría soñar."
Esas son sus últimas líneas. Ángela coge los papeles y los acerca a la vela. Cuando las llamas empiezan a lamerlos, los lanza a la cama y contempla cómo la habitación empieza a arder.
Acto seguido, abandona el lugar.
Un segundo grito la deja sin aliento.
-Son ellos. Ya no están. Ahora sólo quedo yo. ¡Venid, espíritus, y conducidme hacia mi cruel y trágico destino!
Su suerte está echada. Hoy volverá al lugar al que pertenece.
Con la mirada perdida, camina por el corredor dejando atrás el fuego, que cada vez se hace más y más fiero; más poderoso; más letal.
El mal acecha entre las sombras de la mansión. La llama. Desprende su propio candor y la adormecen, dejándola preparada y lista para ir al lugar que se le ha otorgado.
Baja la gran escalinata de piedra. Se recoge el camisón blanco con la mano. Va descalza.
Su cabello negro y liso permanece quieto, sobre sus hombros. Su boca no esboza ni un ligero amago de sonrisa. Sus ojos… sus ojos delatan de qué está hecha su alma: de negrura. Está compuesta por los pérfidos retazos de un destino severo y cruel, el cual la obliga a despojarse de su cuerpo mortal y asimilar, de una vez por todas, que el mundo sólo puede ser mejor si los seres como ella son desterrados de él.
Llega a la planta principal, y se arranca el carillón del cuello. Lo mira un instante, y después, lo deja caer al suelo.
Debe destruirlo. Nadie más puede saber de él. Jamás deben encontrarlo. El que intoxique su alma con esas notas diabólicas no tiene salvación. Debe volver al Infierno.
Es la esencia del mal. La canción de la perfidia.
También es una nana, que conduce al espíritu a las entrañas del Averno y lo adormece en un siniestro abrazo traicionero.
Las llamas empiezan a bajar por las escaleras. Ya no hay vuelta atrás.
Ángela se da la vuelta, y ahí, durante unos breves segundos, es cuando su mirada se vuelve humana y una lágrima se escapa de ella. Pero al instante se torna pétrea de nuevo; insondable.
Deja la joya de su vida tirada en las frías losas del único hogar que ha conocido… hasta ahora. Porque, aunque lo lamente, sabe que esa nana le ha dado un lugar en el mundo. Un lugar de sufrimiento, de amargura, de desconsuelo. Pero un lugar, al fin y al cabo.
Las llamas llegan al primer piso, donde ella se encuentra. Ya no hay salvación.
De pronto, el carillón se abre y empieza a sonar la música del Infierno. Ángela ve cómo una multitud de sombras se aglomeran a su alrededor.
Quieren llevársela. Es la última que queda con vida que haya oído la nana del mal.
Las notas resuenan entre las paredes malditas de un lugar que se ha alimentado del pecado más mortal.
El fuego llega hasta la muchacha, y empieza a lamer su carne blanca.
Ella grita.
Su cabello arde. El fuego se consume entre sus dedos, y le araña hasta que su sangre queda al descubierto.
Cae arrodillada, presa del dolor. De sus ojos sólo quedan unas cuencas vacías. Comienzan a entreverse los huesos entre la carne quemada.
Ángela ya no está. Su alma mancillada… su alma de diablo… ya ha sido devuelta al lugar al que pertenece. Y así, de la última bruja, de la última diablesa que pobló la Tierra… de la última dama del mal, sólo quedan sus huesos calcinados entre un mar de brasas, del que se esperó que borrara toda huella y rastro de maldad.
Acto seguido, abandona el lugar.
Un segundo grito la deja sin aliento.
-Son ellos. Ya no están. Ahora sólo quedo yo. ¡Venid, espíritus, y conducidme hacia mi cruel y trágico destino!
Su suerte está echada. Hoy volverá al lugar al que pertenece.
Con la mirada perdida, camina por el corredor dejando atrás el fuego, que cada vez se hace más y más fiero; más poderoso; más letal.
El mal acecha entre las sombras de la mansión. La llama. Desprende su propio candor y la adormecen, dejándola preparada y lista para ir al lugar que se le ha otorgado.
Baja la gran escalinata de piedra. Se recoge el camisón blanco con la mano. Va descalza.
Su cabello negro y liso permanece quieto, sobre sus hombros. Su boca no esboza ni un ligero amago de sonrisa. Sus ojos… sus ojos delatan de qué está hecha su alma: de negrura. Está compuesta por los pérfidos retazos de un destino severo y cruel, el cual la obliga a despojarse de su cuerpo mortal y asimilar, de una vez por todas, que el mundo sólo puede ser mejor si los seres como ella son desterrados de él.
Llega a la planta principal, y se arranca el carillón del cuello. Lo mira un instante, y después, lo deja caer al suelo.
Debe destruirlo. Nadie más puede saber de él. Jamás deben encontrarlo. El que intoxique su alma con esas notas diabólicas no tiene salvación. Debe volver al Infierno.
Es la esencia del mal. La canción de la perfidia.
También es una nana, que conduce al espíritu a las entrañas del Averno y lo adormece en un siniestro abrazo traicionero.
Las llamas empiezan a bajar por las escaleras. Ya no hay vuelta atrás.
Ángela se da la vuelta, y ahí, durante unos breves segundos, es cuando su mirada se vuelve humana y una lágrima se escapa de ella. Pero al instante se torna pétrea de nuevo; insondable.
Deja la joya de su vida tirada en las frías losas del único hogar que ha conocido… hasta ahora. Porque, aunque lo lamente, sabe que esa nana le ha dado un lugar en el mundo. Un lugar de sufrimiento, de amargura, de desconsuelo. Pero un lugar, al fin y al cabo.
Las llamas llegan al primer piso, donde ella se encuentra. Ya no hay salvación.
De pronto, el carillón se abre y empieza a sonar la música del Infierno. Ángela ve cómo una multitud de sombras se aglomeran a su alrededor.
Quieren llevársela. Es la última que queda con vida que haya oído la nana del mal.
Las notas resuenan entre las paredes malditas de un lugar que se ha alimentado del pecado más mortal.
El fuego llega hasta la muchacha, y empieza a lamer su carne blanca.
Ella grita.
Su cabello arde. El fuego se consume entre sus dedos, y le araña hasta que su sangre queda al descubierto.
Cae arrodillada, presa del dolor. De sus ojos sólo quedan unas cuencas vacías. Comienzan a entreverse los huesos entre la carne quemada.
Ángela ya no está. Su alma mancillada… su alma de diablo… ya ha sido devuelta al lugar al que pertenece. Y así, de la última bruja, de la última diablesa que pobló la Tierra… de la última dama del mal, sólo quedan sus huesos calcinados entre un mar de brasas, del que se esperó que borrara toda huella y rastro de maldad.
Pero el mal no se erradica tan fácilmente. ¿O acaso una simple muchacha pensó que lo lograría, si no se ha logrado ya en tantos milenios? El mal, al igual que el bien, es algo que vive con nosotros, y seguirá existiendo hasta el fin de los tiempos, pues no hay luz sin oscuridad, no hay vida sin muerte, y no hay amor sin odio.
El carillón fue destrozado, pero no su esencia. Y en algún lugar del mundo, en otra era, otra persona escuchará de nuevo la nana… esa que durmió los sentidos de cuantos la escucharon, esa que es odiada y temida por todos…
…esa que nos seduce. Esa que nos induce a vender nuestra alma.
El carillón fue destrozado, pero no su esencia. Y en algún lugar del mundo, en otra era, otra persona escuchará de nuevo la nana… esa que durmió los sentidos de cuantos la escucharon, esa que es odiada y temida por todos…
…esa que nos seduce. Esa que nos induce a vender nuestra alma.
Esa que, aunque nos pese, es la encargada de que el mundo siga en pie, aunque lo destruya, pues crea un equilibrio y le permite existir al bien.
domingo, 29 de enero de 2012
¿Cómo se mide la amistad?
La amistad se mide por cada sonrisa regalada, por cada mirada cómplice, por cada caricia espontánea, por cada abrazo dado, por cada apretón recibido, por cada secreto guardado, por cada lucha acabada en risas, por cada ayuda prestada, por cada llanto consolado... por cada momento a solas, descubriendo que no sois tan distintos, y por cada sonrisa esbozada tras sentir que sois iguales.
La amistad pura, única, sincera y verdadera cuesta mucho trabajo encontrarla, sin embargo, es un premio por el que se debe estar dispuesto a luchar. Esa amistad, la que te hace reír y seca tus lágrimas... la que te coge, en privado, y te abraza con fuerza para protegerte de todo mal... esa en la que encontramos siempre una mano que aferra la nuestra, un beso en la mejilla, unas ideas comunes, unos pasatiempos similares... esa amistad, es digna de conservarla, mantenerla y cuidarla, como ella hace con nosotros.
Esa amistad es la que te obliga a estar constantemente pensando en decirle "te quiero", de la que nunca te separas (o, por lo menos, esa es la idea), y cuando estáis lejos, tus pensamientos van, directamente, a esa persona, porque te preocupas por ella.
La amistad pura, única, sincera y verdadera cuesta mucho trabajo encontrarla, sin embargo, es un premio por el que se debe estar dispuesto a luchar. Esa amistad, la que te hace reír y seca tus lágrimas... la que te coge, en privado, y te abraza con fuerza para protegerte de todo mal... esa en la que encontramos siempre una mano que aferra la nuestra, un beso en la mejilla, unas ideas comunes, unos pasatiempos similares... esa amistad, es digna de conservarla, mantenerla y cuidarla, como ella hace con nosotros.
Esa amistad es la que te obliga a estar constantemente pensando en decirle "te quiero", de la que nunca te separas (o, por lo menos, esa es la idea), y cuando estáis lejos, tus pensamientos van, directamente, a esa persona, porque te preocupas por ella.
Los amigos, dos almas en cuerpos diferentes; almas gemelas. Tesoros; las joyas de tu alma. Tu apoyo incondicional.
Tus seres queridos.
Tus seres queridos.
martes, 3 de enero de 2012
El Ángel Extermindor
Miguel. Rafael. Gabriel. Tal vez sepas de quienes hablo. Uriel. Remiel. Raguel. Zerachiel.
Todas estos nombres están relacionados entre sí. Son ángeles. Poderosos arcángeles de tres alas que bajaron a la tierra con una misión: ser los guardianes de los profetas; de los humanos y… de la vida en sí.
Es difícil no reconocerlos. Sus almas brillan con la luz más blanca y pura que uno es capaz de imaginar. Sus alas son las de grandes y majestuosas aves de plumaje suave y delicado. Sus ojos te miran como si fueses lo más importante de toda la creación y, lo cierto es, que ellos consideran que sí lo eres.
Los ángeles… Los ángeles son la raza más pura. La más cercana a Dios. Los ángeles son bondad, amor y pureza. Cariño; afecto. Los ángeles son sabiduría. Son vida.
No es fácil pensar en ellos como seres vestidos con atuendos negros y oscuros. Es más, seguro que doy en el blanco al decir que, en este instante, te estás imaginando a uno trajeado con una túnica blanca que le llega hasta los pies, ¿me equivoco? ¿Yo? Jamás.
Bueno, la verdad es que podría equivocarme. Pero no quiero. ¿Qué dices? ¿Qué este tío está chalado? Bueno… Llevo bastante tiempo entre humanos; tal vez me hayáis influenciado más de la cuenta… y no precisamente para bien.
Lo que lleva al punto de partida.
A que, sí. Es decir, sí que me he vuelto un poco loco con el paso de los años. Pero, muy en el fondo, sigo sabiendo lo que soy. Soy uno de ellos. Soy… ¿soy un ángel? Antes creía que sí.
Ahora, no estoy tan seguro.
Vale, a estas alturas seguro que te planteas el dejar de leer. Ahora estás pensando en si tendría que ingresar en el manicomio, ir a un psiquiatra, o yo qué sé que más cosas horribles… Pero, lo cierto es, que no necesito nada de eso.
Necesito volver a ser… yo. Caminar de nuevo entre ángeles.
Este sitio acabará conmigo, tarde o temprano… Sé que lo hará. Ya empieza a consumirme. Porque tengo un encargo, y no sé si soy capaz de llevarlo a cabo. Aunque me cueste admitirlo, tengo miedo. Y ya lo sé… Ya lo sé. Si soy un ángel, ¿cómo es que tengo miedo? ¿Y por qué no soy humilde y no acepto que lo tengo?
Tantas preguntas… Tan pocas respuestas. Ni yo mismo lo sé. Siento no poder contestar.
Sólo sé que deambulo de acá para allá con una misión cada vez. Se podría decir que viajo por trabajo.
Ahora… Ahora camino por las calles de Valencia. Es de noche; hace frío. Y yo me arrebujo dentro de mi cazadora. ¿Cómo es que siento frío? Se podría decir que he pasado demasiado tiempo lejos de la “Esencia”. Ahora siento como un mortal. Hablo como un mortal. Pienso y me tientan… Como a un mortal. Pero, no. No soy mortal. Nunca moriré. Aunque me atraviesen con la espada más emponzoñada que existe… Jamás dejaré la vida.
Porque yo no soy quien la da, no. Al contrario: soy uno de los que la quitan. Soy un instrumento del Creador. El encargado de hacer perecer lo que está marchito.
Sin embargo… Hace mucho tiempo que dejé de ser quien soy.
Meto las manos en los bolsillos de mi chaqueta de cuero. Son las tres de la madrugada, y de nuevo me encamino hacia una olvidada callejuela del casco antiguo de la ciudad. Otro pub. Otra copa. Otra muerte.
Y así, pasa otra noche. Pasa otra hora. Así, por toda la eternidad. Ya no tiene sentido. Si no acaba mi cometido, ¿qué importancia tiene mi existencia?
Otro día, otro amanecer. Y el tiempo no se detiene jamás para mí. Soy un ángel condenado. Siempre el mismo amanecer. Siempre los mismos rayos de luz. Para mí es todo igual. Siempre seré un ángel exterminador.
Por siempre, siempre jamás.
Ya nada tiene sentido. Todo está condenado. Tarde o temprano, por mis manos pasará.
Así que, qué más da que me veas tarde o temprano. A fin de cuentas, no vas a vivir eternamente. Yo sí…
Yo sí.
Cada vez estoy más cansado de la rutina. Necesito vacaciones.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Otro año se va
Querido año 2011:
Hoy, te escribo esta carta para demostrarte que te voy a echar de menos.
El tiempo es lo único que no nos sobra a los seres vivos, y los recuerdos, algo que no nos hace olvidarlo, pues sabemos que lo que ha pasado jamás volverá a ser igual. Nunca volveremos a sentir lo mismo que sentimos cuando vimos aquella sonrisa, aquella mirada, aquel gesto... No volveremos a decir las mismas palabras, no volveremos a mantener una conversación igual. Y da pena.
El tiempo es lo único que no nos sobra a los seres vivos, y los recuerdos, algo que no nos hace olvidarlo, pues sabemos que lo que ha pasado jamás volverá a ser igual. Nunca volveremos a sentir lo mismo que sentimos cuando vimos aquella sonrisa, aquella mirada, aquel gesto... No volveremos a decir las mismas palabras, no volveremos a mantener una conversación igual. Y da pena.
Da pena el hecho de no volver a bailar el mismo baile; ese que nos hizo sentir tantas cosas, tal vez contradictorias, tal vez hermosas, tal vez confusas...
Es una lástima saber que nunca se volverá a producir ese encontronazo, que esa carcajada sólo existirá en tu recuerdo, y que ese sutil beso en la mejilla, el cual te hizo pensar en él casi un mes entero, sólo quedará en tu pensamiento.
Es una lástima saber que nunca se volverá a producir ese encontronazo, que esa carcajada sólo existirá en tu recuerdo, y que ese sutil beso en la mejilla, el cual te hizo pensar en él casi un mes entero, sólo quedará en tu pensamiento.
El tiempo... enemigo de la humanidad; sólo eres una palabra que nos demuestra que no viviremos para siempre; que envejecemos; que te necesitamos. Sólo eres un término para designar lo que nos impide ser eternos.
El tiempo sigue su camino y está a punto de finalizar el año 2011 de nuestra era. Nunca entenderemos la concreta razón por la que vivimos ahora, ni por qué vivimos con las personas que queremos... ni por qué queremos a las personas con las que nos ha tocado coincidir en este pequeño lapso de tiempo. Pero así es. Nos enamoramos de la gente por ser como es, pero en realidad, nunca nos paramos a pensar que es una coincidencia enorme el haber convergido con esa persona; sólo por eso ya debería ser una persona especial para nosotros.
Querido año 2011, aunque esté en discordia con lo que te hace existir, te diré que, entre tus brazos, he conseguido enamorarme... enamorarme de la vida. Quiero ser mejor persona, porque he tenido el placer de coincidir con las mejores personas de mi época, y me gustaría estar a su altura. Quisiera darte las gracias por haberme regalado a las personas que he conocido este año, porque algunas de ellas son muy importantes ya para mí. También decirte que te vas, pero que en el fondo no lo harás, puesto que te quedarás en nuestra memoria hasta que ya no haya nadie que haya vivido en tu tiempo. Y aun así, tras años y siglos, habrás dejado tu huella en el cruel tiempo: arrebatador de echos y vivencias, enemigo acérrimo de la vida, línea recta que nos mantienes presos en sus lindes...
Tiempo, sigue tu camino, déjanos a nosotros hacer. No te inmiscuyas en los asuntos de los mortales. Tiempo, que parece que te dejemos atrás y, en realidad, eres más que lo que podríamos imaginar. Tiempo, has creado el 2011 y te lo llevas; en tu seno he amado, odiado, reído, llorado, sentido, extrañado, he muerto y resucitado.
Tiempo, sigue tu camino, déjanos a nosotros hacer. No te inmiscuyas en los asuntos de los mortales. Tiempo, que parece que te dejemos atrás y, en realidad, eres más que lo que podríamos imaginar. Tiempo, has creado el 2011 y te lo llevas; en tu seno he amado, odiado, reído, llorado, sentido, extrañado, he muerto y resucitado.
Tiempo, haz que tengamos años igual de entrañables como el que se va.
lunes, 17 de octubre de 2011
Hablemos de la Amistad
¿Qué es la amistad? ¿Qué sentido tiene? Hace un par de años podría haber dicho que la amistad era algo superfluo y volátil; algo que, como el polvo en el viento, se va sin más. Hubiese argumentado que, a estas edades, las amistades vienen tan rápido como se esfuman... y que da igual que las perdamos. "Bah", hubiese dicho, "ya llegarán más: hasta la universidad, las verdaderas amistades no se forjan".
Oh, cuan equivocada estaba al pensar eso, y es que, en el breve período de tiempo de un año, he logrado comprender, por fin, lo que significa la palabra "amistad", y su derivado: amigo.
¿Qué es un amigo? Poéticamente se podría definir como la joya de tu corona. Alguien en quien poder confiar, y quien te ayuda en los momentos difíciles. Pero ahora creo que debería resumirlo en una sola frase:
Un amigo es la pieza que le falta al rompecabezas de tu vida para que tenga sentido.
Un amigo es una misma alma en dos cuerpos distintos.

Ahora, pasemos al punto de la amistad: ¿qué es? El sentir que tienes cerca a una persona por muy lejos que esté de ti. La sensación de querer todo el bien de alguien; el querer apoyarlo en todo momento... el tener confianza mutua. El saber que lo tienes cerca siempre. El querer que confíe en ti; que te tenga como apoyo.
La amistad es poder abrazar a una persona cuando estás débil, o confuso... o asustado. Es la capacidad de sonreír cuando te rodean con sus brazos y te susurran que no importa nada de lo que haya podido pasar: que le tienes a él, o ella, por encima de todo, y por siempre.
En realidad... Se puede resumir en una simple frase:
La amistad es lo más maravilloso que te puede suceder.
Oh, cuan equivocada estaba al pensar eso, y es que, en el breve período de tiempo de un año, he logrado comprender, por fin, lo que significa la palabra "amistad", y su derivado: amigo.
¿Qué es un amigo? Poéticamente se podría definir como la joya de tu corona. Alguien en quien poder confiar, y quien te ayuda en los momentos difíciles. Pero ahora creo que debería resumirlo en una sola frase:
Un amigo es la pieza que le falta al rompecabezas de tu vida para que tenga sentido.
Un amigo es una misma alma en dos cuerpos distintos.

Ahora, pasemos al punto de la amistad: ¿qué es? El sentir que tienes cerca a una persona por muy lejos que esté de ti. La sensación de querer todo el bien de alguien; el querer apoyarlo en todo momento... el tener confianza mutua. El saber que lo tienes cerca siempre. El querer que confíe en ti; que te tenga como apoyo.
La amistad es poder abrazar a una persona cuando estás débil, o confuso... o asustado. Es la capacidad de sonreír cuando te rodean con sus brazos y te susurran que no importa nada de lo que haya podido pasar: que le tienes a él, o ella, por encima de todo, y por siempre.
En realidad... Se puede resumir en una simple frase:
La amistad es lo más maravilloso que te puede suceder.
Me gustaría concluir dedicando esta entrada del blog a todos mis buenos amigos (ya sabéis quienes sois). Sé que sois pocos, pero sólo quiero deciros que os quiero y que ojalá estas amistades sean auténticas y que jamás se acaben.
domingo, 7 de agosto de 2011
Qué hacer cuando se es adolescente
Este relato se me ocurrió mientras paseaba con mi mejor amiga por la calle. La despreocupación con la que caminábamos mientras cantábamos al unísono me incitó a escribir este micro relato:
Busquemos lo que estaba perdido. Encontrémonos a nosotros mismos. Sintamos la brisa cruzar nuestros rostros todavía inmaduros. Imprimamos nuestra huella en la historia; dejemos rastro en las vidas de los que amamos. Abracemos sentimientos que, inesperadamente, surcan nuestro corazón y nuestra mente mientras intentamos descifrar su significado. Acariciemos la posibilidad de ser los mejores. Amemos a nuestras primeras grandes amistades. Vislumbremos atardeceres en compañía de nuestra gente. Visitemos el maravilloso mundo del amor y, cuando ya sepamos que de verdad sentimos lo que intuimos sentir, dejémonos llevar por nuestro corazón... Pues, cuando ya seamos mayores... Cuando ya sólo nos quede de nuestra juventud una ligera sombra en el alma, nos aferraremos al recuerdo de que, cuando fuimos niños, quisimos a alguien como a nuestra propia vida... Lloramos y reímos en compañía de gente que jamás nos traicionó... Y cantamos, alegres, bajo el sol de la tarde, mientras imaginábamos cómo sería el recordar aquel primer beso que aún no se cumplió.
Busquemos lo que estaba perdido. Encontrémonos a nosotros mismos. Sintamos la brisa cruzar nuestros rostros todavía inmaduros. Imprimamos nuestra huella en la historia; dejemos rastro en las vidas de los que amamos. Abracemos sentimientos que, inesperadamente, surcan nuestro corazón y nuestra mente mientras intentamos descifrar su significado. Acariciemos la posibilidad de ser los mejores. Amemos a nuestras primeras grandes amistades. Vislumbremos atardeceres en compañía de nuestra gente. Visitemos el maravilloso mundo del amor y, cuando ya sepamos que de verdad sentimos lo que intuimos sentir, dejémonos llevar por nuestro corazón... Pues, cuando ya seamos mayores... Cuando ya sólo nos quede de nuestra juventud una ligera sombra en el alma, nos aferraremos al recuerdo de que, cuando fuimos niños, quisimos a alguien como a nuestra propia vida... Lloramos y reímos en compañía de gente que jamás nos traicionó... Y cantamos, alegres, bajo el sol de la tarde, mientras imaginábamos cómo sería el recordar aquel primer beso que aún no se cumplió.
viernes, 24 de junio de 2011
El Lago
Sigo aquí: sentada en la orilla del lago de las frías aguas. Los fantasmas bailan a mi alrededor, y me incitan a levantarme de entre las ruinas de mi vida para moverme al compás de la melodía eterna.
Ya no hay nada.
Sólo un lento estribillo que me conduce al final del camino.
Ya no soy nada.
Tan sólo una cáscara vacía.
Ya sólo quedan mis restos, los cuales veo de soslayo entre los árboles.
Ya… ya sólo soy alma. Así que me levanto de la tierra húmeda y, arrancando de mi cuerpo inerte la cadena que él me había regalado, regreso a las aguas azules.
Meto un pie, y alguien me recibe con una mano extendida. Me pide que no llore; dice que todo está hecho, y que ahora sólo queda descansar y regresar al lugar del que todos procedemos.
Me acompaña de la mano hasta el centro del lago, y comenzamos a girar.
Vueltas, vueltas y más vueltas. Después, tiro la cadena y la corriente se la lleva hasta el fondo.
Y junto a él, tal y como prometimos, abandono la vida terrenal para quedarme en el lugar en el que siempre quise estar.
Me quedo en el lago; el que me vio nacer… me vio morir. El que me llamó y me pidió… que jamás partiera de allí.
Ya no hay nada.
Sólo un lento estribillo que me conduce al final del camino.
Ya no soy nada.
Tan sólo una cáscara vacía.
Ya sólo quedan mis restos, los cuales veo de soslayo entre los árboles.
Ya… ya sólo soy alma. Así que me levanto de la tierra húmeda y, arrancando de mi cuerpo inerte la cadena que él me había regalado, regreso a las aguas azules.
Meto un pie, y alguien me recibe con una mano extendida. Me pide que no llore; dice que todo está hecho, y que ahora sólo queda descansar y regresar al lugar del que todos procedemos.
Me acompaña de la mano hasta el centro del lago, y comenzamos a girar.
Vueltas, vueltas y más vueltas. Después, tiro la cadena y la corriente se la lleva hasta el fondo.
Y junto a él, tal y como prometimos, abandono la vida terrenal para quedarme en el lugar en el que siempre quise estar.
Me quedo en el lago; el que me vio nacer… me vio morir. El que me llamó y me pidió… que jamás partiera de allí.
Sofía Mas Conejero
domingo, 12 de junio de 2011
Esa brillante luz: la vida
El mundo empieza y acaba con una brillante luz, ¿a caso nunca os habéis parado a pensarlo? La diferencia entre nacer y morir es ínfima: nacer significa dejar atrás la oscuridad y salir a la luz. Morir conlleva alejarte de la luz y sumirte en las tinieblas. Si uno se para a pensarlo, es lo mismo, pero al cambiar el orden de las palabras, podemos cambiar el orden de la vida. Nacer, vivir, morir. En esos tres pilares se basa nuestra existencia. Naces con una luz, y mueres al dejarla atrás. Por eso, me lleva a pensar que esa luz… esa brillante luz que en todos los libros, historias y cuentos relatados generación tras generación, se describe como algo tan magnífico, tan brillante y tan espectacular… esa luz que todos definen como el inicio y el fin, es la vida. La vida es esa luz entre las tinieblas: nadie sabe ni cómo ni por qué está ahí, pero aun así, nadie puede cuestionar que existe… y que ahí está, imponente; alzándose entre mares de negrura para hacerse notar. Su único objetivo es que la admiren por ser única; por ser distinta, y tan perfecta como pueda llegar a ser. Y así, cuando la luz vaya menguando hasta convertirse, de pronto, en oscuridad… cuando ya no quede nada de ella, el resto de destellos se percatarán de que falta uno, y de que aquella lucecita, por pequeña que fuera en aquel inmenso grupo de luces, era parte de él. Pero entonces será cuando resurja un nuevo albor; una nueva llama… otra nueva luz que empieza de forma igual.Y con esta pequeña metáfora, se ve cómo la vida es única y especial; es una luz muy brillante y espectacular… y, aunque no lo parezca, no hay palabras para expresar cuán importante es. ¿Por qué? Porque no es descriptible lo maravilloso que es tener a alguien esté presente durante todo nuestro trayecto. Porque ella es quien está siempre con nosotros. Porque siempre va de nuestra mano. ¿Por algo más? Sí, porque ella es a quien primero vemos, y es a la última a la que nos agarramos antes de exhalar un último aliento y, con su brillo cegador como última visión de la existencia, perecer.
sábado, 23 de abril de 2011
Capítulo 3
Sigo con LA LEYENDA DEL BARCO ERRATE ^^
CAPÍTULO 3
El dueño de las olas
Oh… La cubierta. La hermosa cubierta del San Telmo. En aquel momento sólo era el fantasma de lo que fue en sus días de gloria. Allí se había votado el buque en el año 1788, y es donde se proclamó alférez… Es normal que sintiese tanto agrado hacia ella. No quiero aburrirte contando batallitas de abuelo, pero sí que me agradaría inmensamente el resumir la historia del navío que, pronto, se convertirá en parte de tu mente… En el 1819, las posesiones españolas en Perú estaban sufriendo por causa de las ideas independentistas que tenían los ciudadanos. En la metrópoli reinaba el caos y, para colmo, nuestra querida armada estaba casi deshecha por culpa de la Batalla de Cabo Trafalgar, que se dio en el 1805. De la provincia que poseíamos a costas del Pacífico, en América del Sur, nos llegaron insistentes peticiones para que fuésemos a reforzar las fuerzas navales que habían zarpado rumbo al Apostadero del Callao haría cosa de un año. A la expedición se le asignaron los barcos que en mejores condiciones estaban, es decir, La División Naval del Sur, compuesta por dos navíos, una fragata de guerra y una mercante.
¿Te has situado? Eso espero… Porque, a partir de aquí, es donde comienza la verdadera historia… lo anterior era una mera presentación de los hechos, y… Mejor será que comience a relatar desde donde me había quedado.
Como iba diciendo, tras la sucesión de miradas asesinas que aquella chiquilla me había lanzado, comprendí que lo que necesitaba era un momento al aire libre, así que subí a cubierta.
El tiempo era pesado… Ya sabes, aquel día era uno de ésos en los que la humedad se te cala en el cuerpo, y te obliga a hiperventilar para conseguir que tus pulmones se llenen de oxígeno.
Me apoyé sobre el casco del barco y dejé que el viento me despeinara. Después, tras unos escasos segundos de tranquilidad, mi amigo Nicolás se colocó en la misma posición que yo, a mi derecha.
-Demasiadas brumas…
-Lo sé, Vic.
-¿Podrás salir de puerto con esta neblina?
-Dalo por hecho.
-Vaya, me alegro de que estés tan optimista esta mañana…
-Todas las mañanas me levanto optimista, Víctor; es el tiempo el que deteriora mi estado de ánimo…
-El tiempo, la cerveza, los cacharros que tenemos por buques…
-Vale, dejémoslo.
-¿Por qué? ¿A caso no es verdad? –Cuestioné yo, con una sonrisa socarrona en los labios.
-Sabes que sí, ¿por qué sigues preguntándolo?
-Para ver lo que contestas…
-Vaya, eso es nuevo.
-Ya ves. Ni siquiera el preocuparme por el estado de los barcos hace que no sufra de aburrimiento…
-Tienes que inventar nuevas respuestas, Vic. Te repites…
-¿Y tú no? Vamos, Nicolás… “¡Oh! Menudo bombón…” Eso lo dices de todas las muchachas…
-No de todas, sólo de las que tengo la ocasión de contemplar.
-Eres un depravado.
-Y tú un niñato que aun no sabe lo que es la vida. Me voy, Porlier me espera en el puente. No tardes.
-Tardaré lo que tarde, y no más que eso… -Contesté yo en tono burlón, pero Nicolás, si lo escuchó, al menos no dio señales de haberlo oído.
-Por fin a solas…-Me dije en cuanto subió al castillo de popa para ponerse al mando del timón.
El salitre comenzó a pegarse en mi pálida piel. El mar, teñido de gris, ofrecía un paisaje imponente, tétrico… Poco amistoso. No era un día adecuado para salir a mar abierto, sin embargo, se había de hacer.
Porlier no tardaría en dar la orden de que arriaran las velas, y yo tendría que ir a ocupar mi puesto, junto al capitán y al teniente. Me hacía sentir especial; como si todos esos años dejándome la piel en el barco hubiesen merecido la pena. Recuerdo que solía mirar a mi padre cuando salía a mar abierto; estaba ahí, donde estaría yo en tres minutos a lo sumo. Me dirigía guiños y sonrisas, y un: “Volveremos a vernos, Víctor.”
La última vez que lo vi desaparecer tras las brumas fue también la última que oí su voz y, mal que me pese, tengo desde ese día la extraña sensación de que algo falló en el destino, porque mi padre no era un mentiroso. No. Sus promesas siempre se cumplían. Tenía que cumplirse. Teníamos que volver a vernos…
Cuando la noticia llegó a mi casa sentí cómo el estómago se me revolvía. Nunca volvía ser el mismo. Muy en el fondo, aun tengo la extraña sensación de que no fue un tiburón lo que acabó con la vida de mi padre. Esa hipótesis resulta muy difícil de creer.
No. Falló algo. Algo… que aún no hemos conseguido ver ninguno de nosotros.
-¡Grey! ¡Al puente!
La sonora voz del capitán Don Rosendo Porlier llegó clara a mis oídos, y en un abrir y cerrar de ojos, subí los peldaños que nos separaban.
Allí estaba él. El brigadier de la Armada Española. Un hombre alto, de rostro triangular; en punta. Espesa barba blanca, ojos penetrantes, y nariz larguirucha. A decir verdad, él mismo era larguirucho.
No vio cómo me acercaba. Se estaba despidiendo de Francisco Espelius, capitán de fragata. No acerté a escuchar toda la conversación, pero sí que pude oír el final: unas crudas palabras que me helaron la sangre:
-Adiós, Francisquito.-Dijo el capitán mientras Espelius bajaba del buque. –Probablemente hasta la eternidad.
Francisco Espelius saludó con gesto firme y enérgico, y Porlier sonrió amargamente.
Se recompuso enseguida, y comenzó a comportarse de nuevo como el capitán que era.
-¿Cuántos hombres vamos a bordo, teniente Gutiérrez?
-Seiscientos cuarenta y cuatro, más el botánico y su hija.
-Alférez Grey. ¿Todo el mundo está en su puesto?
-Sí, mi capitán. –Contesté yo.
-Bien. –Susurró Porlier. –Dé la orden.
Cogí aire y, con un grito tajante y poderoso, ordené:
-¡ZARPAMOS!
Si pudiese llevarme una única cosa de aquel día, sería, sin duda, el momento en el que se desplegaron las velas y se puso rumbo al noroeste. Cuánto revuelo en cubierta.
Cuánto griterío.
Levaron anclas y quitaron los amarres del puerto. El viento era favorable. La suave brisa marina comenzó a inundar mis pulmones. Mis ojos claros se perdieron en el horizonte; allí, donde hacía más de cuatro siglos decían que se podían encontrar dragones. Sólo sentía una cosa: la música de las olas. La melodía de la mar. Mi única amante. Mi única compañera. Mi cárcel y prisión.
Amaba el mar tanto como a mi propia vida. Por eso, no pude evitar sonreír cuando perdimos de vista la costa de Cádiz.
-Soy el dueño de las olas. –Susurré yo, convencido. Eran momentos como aquél los que sacaban lo mejor de mí. Eran los que me hacían olvidar los problemas; los temores. Eran los que me hacían ser yo mismo; sin miedos.
Sí… En aquel ínfimo instante fui el dueño de las olas.
En aquel insignificante momento… Por fin me sentí en paz.
lunes, 18 de abril de 2011
La historia
Termino de colgar Campos de Mayo ^^
CAPÍTULO 1
Los amantes ya no se encuentran en el roble viejo
Otro día empieza. El gallo acaba de cantar, y el sol comienza a hacer su aparición entre las montañas cubiertas de nieve. Yo me desperezo, aún dentro de la cama. Abro un poco los ojos, y noto como los primeros rayos de luz entran tímidamente en mi habitación, haciendo que los muebles de madera resplandezcan cual oro. Suelto el aire que tengo en los pulmones, y me froto los ojos.
Hace un día precioso… Las nubes blancas flotan en un cielo que parece hecho de polvo de tiza azul, y los pajarillos pían delicadamente, y deleitan mis oídos con la suave melodía mañanera.
Ahora sí, salgo de la cama y me dirijo al armario. Lo abro, y a quien primero que veo es a mi inconfundible yo. Tengo el pelo en una melena francesa, que me llega a los hombros. Su color es de un dorado anaranjado. Mi flequillo apunta a todas partes, excepto a donde tiene que ir, naturalmente. Eso se debe a que estoy aún dormida. A ver… Menos mal que hoy ya no tengo los ojos hinchados. Llevo llorando durante dos días, y en vez del color avellana que suelen tener, más bien parecían cebollas.
Es un alivio volver a ser la de siempre. Con mi tripita… Mis mofletes regordetes y angulosos, y mis labios carnosos. ¿Para qué maquillarme? ¡Así estoy perfecta!
Cuando bajo a la ciudad me doy cuenta de lo mucho que se empeñan las chicas de mi edad en pintarse los morros, ponerse colorete hasta que no tienen un hueco libre de su piel, y marcarse con una gruesa ralla negra el contorno de los ojos.
Pero… Yo me miro en el espejo, y no creo necesitar nada de eso. Estoy perfecta como estoy, ¿o no?
Meto la mano en el armario, y saco un vestidito verde manzana, con un poco de vuelo en la falda.
Sonrío, y me lo pongo. Me calzo mis manoletinas beige, y salgo a saltitos de mi habitación, no sin antes poner en orden la melena de león que se me queda después de dormir.
Mi habitación está en el segundo piso de una cabaña completamente hecha de madera de roble. Está un poquito alejada del pueblo… Mejor dicho, es la casa que está en el pico de la montaña, que no es un pico, precisamente, sino un gran plano de hierba verde que culmina con nuestra gran cabaña de madera.
Lo que iba diciendo: estoy en el segundo piso, y dispuesta a bajar las escaleras de la casa. Si quieres, te haré una breve descripción de cómo está distribuido mi hogar.
Desde el piso de abajo se puede ver el corredor de arriba, con cuatro puertas: una para mis padres, otra para mi hermana pequeña, que acaba de nacer, otra para mí, y la última es el cuarto de baño.
Pero a mí me gusta más el primer piso. Parece un refugio de montaña. Con sillones de cuero marrón rodeando una chimenea encendida… Una piel de oso a modo de alfombra…
La cocina está a la derecha, y unida al salón. Parece la típica casita de muñecas, con la cocinita de la bruja. El caldero, el gran horno negro…
Y, lo último que me queda, la biblioteca. Es una habitación grande y apartada. Murallas de libros impiden ver el color de las paredes. En las esquinas tenemos unos sillones, bajo lámparas de luz amarillenta, para dar calidez al ambiente.
Y, en medio, un escritorio oscuro, con cajones que es imposible abrir, a menos que tengas la llave.
Pero voy a centrarme en hoy. Bajo a la cocina, donde mi madre prepara tortitas en los fogones.
-Buenos días.-Saludo, y mi madre me devuelve una sonrisa dulce y serena.
-Hola, cariño. ¿Qué tal has dormido?
-Bien.-Recapacito.-Al menos, mejor de lo que esperaba.
-Me alegro. Ha llegado una carta para ti, de la ciudad.
Intrigada, voy hacia la mesa, y cojo el sobre.
Es de la familia de Enrique.
Lo abro con cuidado, y saco la carta.
Me quedo de piedra cuando la leo:
2 Mayo 2010
Elisa Grau
Querida Adriana Montenegro:
Te escribo para hacerte saber por qué no hemos ido este año a “Roca del Valle” este año. Verás, sé la promesa que os hicisteis mi hijo y tú, por eso creo que es mejor decírtelo cuanto antes.
Cielo, Enrique ha desaparecido. Dicen que unos amigos lo vieron doblar la esquina para regresar a casa, pero ahí le perdieron la pista. No regresó.
Creemos le he han secuestrado por un negocio que su padre acaba de firmar. La policía está haciendo todo lo posible para facilitarnos información sobre el estado de nuestro pequeño, pero, por favor, si sabes algo acerca de él que quieras contarnos, escríbenos cuanto antes, Adriana.
No sé si lo sabrás, pero… ¿Crees que mi hijo estaba inscrito en alguna red social? Ya sé que no te enteras de estas cosas, pero cualquier dato es fundamental para dar con él.
Por favor, Adra, intenta recordar.
Besitos, Elisa (mamá de Enrique).
Supongo que tendré la cara pálida, y no es para menos. ¿Cómo que Enrique ha desaparecido? ¿Así que no me plantó?
-Adriana… ¿Ocurre algo?
Debo de ser como un libro abierto, porque mi madre se ha dado cuenta de que estoy pálida como la leche.
-Mamá, Enrique ha desaparecido a veinte metros de su casa.
Ella se tapa la boca con la mano, haciendo como si está consternada, pero aquí la consternada soy yo. ¿Cómo te sentirías si tu amigo no hubiese ido a tu cita, y tras tres días recibes esta carta?
No sé cómo actuar. Estoy petrificada, inmóvil… No tengo ni idea de lo que tengo que hacer.
Me siento en una de las sillas, y mi madre me pone enfrente un plato humeante, con tortitas y sirope.
Se sienta a mi lado, y lee la carta. Acto seguido, se dirige a mí:
-¿Qué es eso de las redes sociales?
-Se supone que son lugares en la red que te permiten conocer gente y hablar con tus amigos.-Susurro, aunque yo tampoco sepa cómo se utilizan esas páginas.
-¿Sabes si Quique estaba metido en un sitio de esos, Adriana?
-Sí… Bueno, algo me comentó. Incluso me dio su dirección el año pasado, pero… Como yo no estoy apuntada a nada de eso, no pude comunicarme con él.
Mi madre asiente, y calla. Sus labios rozan una taza humeante con chocolate caliente.
-Por eso no me gustan nada esos sitios.-Comenta mi madre.
-Ni siquiera sabías lo que eran.
-Pero oigo hablar de ellos, Adra. No son buenos… No sabes con quién hablas, porque no le ves la cara. No es aconsejable, no señor…
-Por eso yo no tengo. Además… ¿Para qué tener? Es una tontería. Me quedaría enganchada todo el día al ordenador, y no disfrutaría de lo que verdaderamente tengo aquí.
-Bien dicho, cariño. Ahora, escríbele a su madre, y cuéntale lo de la red social.
Asiento, y subo a mi cuarto, aún sin digerir lo que acabo de leer.
Sí que es cierto que Enrique me comentó algo sobre que se había hecho un portal en tuenti (sea lo que sea) y en Messenger. Pero nunca lo encontré peligroso, ni mucho menos. Tal vez no entendiera por qué se la hizo, pero nunca creí que fuera algo amenazador.
Ahora… No sé qué pensar. Tal vez le diera demasiada información a alguien a quien acababa de conocer, y entonces…
¡OH! Prefiero no pensar en ello y dejar de comerme la cabeza. Aún estoy fatal por lo ocurrido, y necesito mi tiempo para asimilarlo.
Pero, de lo que estoy completamente segura, es de que voy a saber por qué ha desaparecido. No saben quién soy yo.
CAPÍTULO 2
Algo sospechoso
Abro mi pequeño ordenador portátil, y lo enciendo. Es la segunda vez que lo utilizo desde que mis primos me lo regalaron, hace ya un año. Suspiro, y cliqueo encima del icono de internet.
El programa se abre, y aparece el link de google. Busco: Messenger.
Acto seguido, mis dedos teclean, parsimoniosos, la clave de acceso de mi amigo.
Me pide contraseña… ¿Cuál será? Pruebo con su fecha de nacimiento, pero no lo es. ¿Mi fecha de nacimiento?
Tampoco. Uhf… ¿Tulipanes?
Para mi sorpresa, he acertado. El Messenger se abre, y yo noto como un sudor frio me recorre el cuerpo entero. No tendría que estar haciendo eso. Es invadir la intimidad de mi amigo, pero… Algo me dice que aquí encontraré respuestas. Se abre una gran ventana azul, y en la parte izquierda hay una hilera de nombres. CONTACTOS, pone, y observo con curiosidad.
Mel
Diana
Rodrigo
Alberto
Susi…
Puede que haya más de cincuenta nombres ahí. Y no sé ni por dónde empezar a buscar. Mejor dicho: no sé ni lo que estoy buscando.
Voy bajando la lista de nombres, hasta que encuentro uno con un símbolo verde. Debe de ser que con él puedo hablar ahora, dado que acabo de reparar en que, en lo alto, el nombre de Enrique resplandece, y aparece como conectado.
Inspiro profundamente, y pincho en el nombre que aparece en verde: Ángel negro.
¿Ahora, qué? ¿Cómo se utiliza esta cosa? Antes de que tenga la ocasión de averiguarlo, alguien empieza a hablarme.
-¿Cómo va todo, tío?
Advierto que debajo hay una pequeña ventanita donde se puede escribir, y entonces mando:
-Estupendamente, tío.
-¿Me requieres para algo más?-Comenta este, y me las ingenio para seguir la conversación.
-No, nada más.
-Estupendo, pero sabes que me debes pasta. Como no me pagues los 100 € en una semana te las vas a ver conmigo, Enrique. Ya estoy harto de tantos rollos. Esto es un trabajo; porque me caigas bien no voy a cobrarte la mitad.
-Ya tienes el dinero.-Invento.-Te lo he enviado por correo.
Hay un breve silencio entre el chico y yo, y entonces es cuando, verdaderamente, sé que me ha pillado.
-Tú no eres Enrique, ¿verdad?
¿Qué le contesto? No es tan fácil mentir a un extraño. Quique ha desaparecido, ¿quién dice que no pueden hacer conmigo algo peor? Además, este asunto del dinero me desconcierta… Solo tenemos 16 años. ¿Cómo es que está manipulando tanta cantidad?
-Soy una amiga de Enrique.
-Lo siento, amiguita. Yo solo hablo con Enrique.
-Enrique ha desaparecido.-Contesto, un poco asustada.- Solo puedes hablar conmigo.
-¿Ha desaparecido?
-Sí. Me he metido aquí para saber qué es lo que ha pasado.
-Pues siento no poder ayudarte, chiquita.
-Pero necesito hablar contigo…
-Y yo necesito una vida, ¿vale? Adiós. Y más vale que no te metas otra vez en su Messenger, o el mal parado serás tú.
Y se desconecta. Me siento impotente; no solo por no haber podido ayudar a mi amigo, sino también porque no sé qué hacer para volver a hablar con este chico, y creo que él tiene algo que ver. ¿Vosotros no? Es muy sospechoso que le pida 100 € a Quique, y mucho más que zanje una conversación amistosa.
Bueno, lo que se dice amistosa no era, la verdad. Pero no tenía derecho a cerrar así nuestra charla.
De pronto, alguien grita mi nombre desde el piso de abajo.
-¡Adriana! ¡Voy a bajar a la ciudad a por unas cuantas cosas! ¿Quieres venir?
Recapacito, y le digo que sí a mi padre.
Me meto el ordenador en el bolsito, y bajo hasta el coche.
*******
Estoy sentada en una de las cafeterías de la gran vía de la ciudad. El sol me da de pleno en los ojos, y desafortunadamente no he podido aún abrir el ordenador. Maldita sea… ¿Se puede saber lo que estás haciendo, Adriana? Te estás metiendo en la cueva de las serpientes; en la boca del lobo. Vas a salir mal parada de esta, y lo sabes…
Esto es lo que mi razón me dicta en este preciso momento, sin embargo… Algo me hace entrar en la cafetería, resguardarme de la solana, y volver a meterme bajo el nombre de Enrique en su cuenta de correo electrónico.
-Te dije que no volvieras a meterte.-Me contesta Ángel Negro. Yo trato de encontrar el suficiente valor como para plantarle cara.
-¿Tú quién te crees que eres?
-¿Sabes? Esa pregunta me la llevo haciendo yo desde hace mucho tiempo.
-No me vengas con sandeces. Un chico acaba de desaparecer, y al parecer era tu amigo. ¿No puedes tener la decencia, al menos, de facilitarme algo de información?
-No por este medio.
-Entonces, ¿por cuál?
-Puedo reunirme contigo, pero no quiero que la gente me reconozca.-El corazón me late apresuradamente. No creía que fuese a decir eso; y, la verdad es que no me hace ni pizca de gracia quedar con un desconocido.
-No puedo.
-¿Cómo que no? Estás en una cafetería, con el portátil encendido, ¿verdad?- La sangre se me hiela en las venas. ¿Cómo puede saberlo?
-Te preguntarás cómo lo sé.
-La verdad: sí.
-Muy fácil. He rastreado la procedencia de las ondas, y he llegado a la conclusión de que estás en el Café Bohemia. ¿Me equivoco?
-No.
-Bien. Porque yo también estoy aquí. ¿Eres la morena del escote rojo?
-No.
-Ah… Así que eres la chica del vestido verde.
Trago saliva, y rastreo el local con la mirada. A parte de la morenita, no hay nadie que utilice el ordenador ahora mismo. Espera… Hay un chico en una esquina. Viste vaqueros y una camisa blanca; parece tan inmerso en la pantalla del ordenador que ni se da cuenta de que le observo. Al menos, hasta que gira la cabeza y me encuentro con su mirada.
Sus ojos… Son de todo menos normales. Su color es parecido al de las violetas, aunque un poco más azulado; un poco más grisáceo. Y tan translúcidos como el cristal.
Su cabello es moreno, escalonado y desordenado, aunque liso.
Cuando se percata de mi presencia, me sonríe. Cierra el ordenador, y hace ademán de caminar hacia mí. Pero se detiene en seco, y me hace señas para que me siente con él.
Yo, por mi parte, apago el ordenador, me lo meto en el bolso, y camino hacia él hasta sentarme en frente.
-Bueno, bueno, bueno… ¿Qué tenemos aquí? Una manzanita que aún está muy verde…
Enrojezco, y no sé si es de ira o de nerviosismo. Puede que las dos.
-¿Cómo debería llamarte? ¿Ángel negro?
Él sonríe, mostrándome unos pulcros dientes, blancos y perfectos.
-Bastará con Nico.
-¿Nicolás?-Pregunto, pero él niega.
-Solo Nico, por favor.
Asiento, y le tiendo la mano para estrechársela, pero acabo apartándola.
-Yo soy Adriana.
-¿Tiene abreviación?
-Solo llámame Adriana, por favor.-Esbozo una sonrisa falsa y socarrona, y me decido a hablar.
-Mira, Nico. Por favor… Necesito que me cuentes todo lo que sepas de Enrique…
-¿Yo qué voy a saber? Tan solo soy un humilde hacker.
-¿Humilde?-Digo, mientras enarco una ceja.-Los hackers no tenéis nada de humilde.
-A ver… ¿Qué narices quieres que te diga? ¡Apenas nos conocíamos! Solo hablé con él unas cuantas veces… Necesitaba un programa que creé, y yo se lo vendí. Eso es todo.
-¿Cómo funciona ese programa?
Él suspira, y comienza a relatar:
-El V-016 es capaz de destruir la seguridad de algunos programas en la red. Es decir, con él puedes acceder a las contraseñas de miles de personas.
-No me cuentas la verdad. ¿Para qué querría Enrique ese virus?
-No es un virus…
-Lo que sea, ¿vale? ¡No tiene sentido! Enrique era un buen estudiante, era sensible, cariñoso, tierno…
-Ya, ya… ¿Podemos saltarnos lo empalagoso, por favor?
Me ruborizo, y asiento.
-Creen que lo han secuestrado por el dinero que tiene su familia. Pero yo no lo creo así… Hace poco leí que a la hija de Rosario Flores la estaban extorsionando a través de tuenti, y tal vez pensé que…
-Hay muchos casos así, Adriana. No sabría por dónde tienes que empezar a buscar.
Estoy decepcionada, la verdad es que habría esperado más de un hacker informático.
Atendiendo a mi rostro deprimido, Nico hace que le deje el ordenador.
-Tal vez conozca a alguien de su cuenta. Podría dar con él y sacarle información, ya sabes…
Le observo unos instantes y, como dicen que los ojos son el espejo del alma, intento sonsacarle la mentira. Pero parece que lo dice enserio. Quiere ayudarme.
Le tiendo el portátil, y él desliza la mirada por la pantalla del ordenador. Sus dedos largos corretean por el teclado a una velocidad abismal, hasta que se dejan caer, inertes.
-Creo que conozco a alguien. Se llama Marina, y trabaja en el pub Sed para pagarse los estudios de la universidad… ¿Sabes dónde está el pub?
Niego en redondo.
-No soy de aquí… Bueno, soy de Roca del Valle, un pueblecito que está muy cerca…
-No sigas.-Me corta.-Te recogeré a las diez y media en el Roble Viejo. ¿De acuerdo?
-¿Cómo sabes dónde…?
-Mis abuelos viven allí, ¿algún problema?
Vuelvo a negar, evidentemente impresionada.
-¿A las diez de la mañana?-Pregunto para asegurarme, pero Nicolás, en cambio, se ríe. Su risa resuena por todo el Café Bohemia, como si fuese una bomba que acaba de estallar.
-Qué graciosa…-Comenta, pero advierto que para a mitad de frase en cuanto ve mi semblante de sorpresa.-Ya… Lo decías de verdad, ¿no?
-Pues claro.
-Pues no, bonita. Es a las diez y media de la noche. Y tienes suerte de que haya dicho esa hora. Estaba pensando a eso de las doce…
-¿Qué chalado se va de fiesta a las doce de la noche?
-¿Qué chalado no?-Contesta, y deja la pregunta suspendida en el silencio.
-Tal vez no pueda.
-Oye… Te estoy ayudando, ¿recuerdas? No voy a ir solo a preguntarle a la chavala sobre tu novio. Simplemente haré de intermediario.
Lo medito unos segundos, y asiento, mirándole a los redondos ojos color violeta. Él esboza una sonrisa, y se levanta.
-Hasta las diez, Adriana. Buen día.
CAPÍTULO 3
El viento cambia de rumbo
Estoy nerviosa. Muy nerviosa… Les he mentido a mis padres para poder conocer a la amiga de Nicolás, y lo peor no es eso… Es que creen que voy a pasar la noche con una amiga que no existe. Y, si te lo preguntas: no. No pensé en el riesgo que implicaba en la ciudad el no tener un sitio donde dormir; tampoco razoné las consecuencias de quedar con un hacker que acabo de conocer, en una discoteca donde no es que, precisamente, les importe demasiado el bienestar de una chiquilla como yo. Pero tengo que hacerlo. Por Enrique.
Mientras estoy sumida en estos pensamientos, reparo en el sonido de una moto acercarse hasta donde yo estoy; acercarse al roble donde he quedado con el joven pirata informático, que está cerca de un camino bastante mal asfaltado, pero que hace las veces de carretera cuando alguien necesita entrar y salir del pueblo.
Espero sentada en las raíces, sujetándome las rodillas con las manos, mientras observo cómo la moto va menguando la marcha hasta detenerse por completo frente al árbol.
El muchacho que la monta parece un par de años más mayor que yo. Se quita el casco negro, y me observa con sus preciosos ojos color violeta, de los cuales no puedo apartar la mirada.
Me fijo en la indumentaria del muchacho: viste totalmente de negro y, debo de reconocer, que empieza a darme mal rollo. No queda nada del chaval que he conocido apenas unas horas atrás en el Café Bohemia.
Su cabello lacio le cae cual marco en su rostro afilado, pero dulcificado por la redondez de sus angulosos pómulos.
Me sonríe pícaramente, y yo noto mil punzadas de inquietud clavarse en todo mi cuerpo.
-¿Me esperabas?-Dice jocosamente, y me tiende la mano para que suba.
-¿Tengo que montarme detrás de ti?
-No querrás hacerlo encima de mi cabeza, ¿verdad?
Me sonrojo, y acepto la ayuda. La motocicleta es grande, y para mí está un tanto alta.
Cuando ya me he acomodado en el asiento trasero, el muchacho me hace una última advertencia:
-Ni se te ocurra soltarte de mí, ¿lo has entendido? Podrías caer de la moto a ciento cincuenta km por hora, y no sería muy agradable, que digamos.
Asiento, y me agarro con fuerza a su cintura, rodeándolo con los brazos.
-¿Preparada? Pues vamos allá…
El vehículo sale corriendo a la velocidad de la luz, sorteando coches y camiones, deslizándose por la calzada oscura.
El viento me da en los ojos, y me hace perder la noción de la realidad. No sé lo que ocurre a mi alrededor, solo intento resguardarme de las ráfagas que pasan entre nosotros rápida y pulcramente.
Parecemos dos almas errantes vagando por el mundo, que va deslizándose por nuestro costado a medida que avanzamos por las calles de la ciudad.
Porque, acabamos de entrar en la ciudad.
*******
Nicolás se ha metido con su moto Yamaha por una calle estrecha y lúgubre, y mengua la marcha hasta aparcarla en cerca de una pared maloliente.
-¿Por qué paramos aquí?-Pregunto, un tanto asustada. No tendría que haber venido; lo sé. Este no es lugar para alguien como yo.
-El pub Sed está solo a un par de minutos andando.-Se encoje de hombros.-Y no puedo ir con la moto por la acera; si la poli me pilla otra vez…
Asiento, y bajo del vehículo. Al lado de nosotros hay un par de contenedores de basura, que gotean una sustancia pringosa que hace que me tape la nariz con los dedos.
-¡Qué asco!-Comento, mientras salimos del callejón a paso ligero. Pero nadie contesta, así que intento entablar una conversación.- ¿Es maja tu amiga?
Él abre mucho los ojos, y se ríe.
-Sí, majísima. Te va encantar.-Mientras me dice esto noto como intenta disimular una risita traviesa.
-¿He dicho algo gracioso?
-No creo que sea de tu estilo, precisamente.-Comenta, mientras acelera el paso. Yo intento caminar más deprisa para conseguir ir a su ritmo, pero es inútil.
-Mis piernas son cortas, ¿lo sabías?
-Perdona.-Dice, mientras disminuye la velocidad.-Oye… Me da la impresión de que no eres una chica nocturna, si no me equivoco.
-No te equivocas.-Coincido.-Nunca me han gustado estos ambientes. De no ser porque Enrique era mi amigo nunca habría conocido este mundo, la verdad.
-Pues lo que te pierdes. La noche aquí es una pasada, manzanita.
-¿Por qué me llamas manzanita?-Cuestiono, un poco molesta e irritada.
Nico vuelve a encogerse de hombros, y me mira a los ojos, un tanto divertido.
-Es por tu aspecto. La primera vez que te vi llevabas un vestido verde, y… No te lo tomes a mal, pero con ese peinado y la forma en la que vistes, cualquiera podría darte un bocado.
-¡¿Un bocado?!
-Confundiéndote con una manzana, claro.-Me guiña un ojo, y se aparta un mechón de pelo de este.
-Pues no creo parecerme a una manzana.
Él suelta una risotada, pero no sigue con la conversación. Así que yo me callo, y empiezo a explorar con la mirada las calles llenas de peatones dispuestos a pasar una noche de fiesta.
-¿Puedo hacerte una pregunta?-Empiezo yo, sin darme cuenta de que casi hemos llegado al pub Sed.
-Lo que quieras, preciosa.
-¿Cuántos años tienes?
Es una pregunta que Nicolás no esperaba; lo he adivinado en su rostro.
-¿Te tengo que contestar?
-Sería un detalle, sí.
-Casi diecinueve años.-Tras hacer una pausa, me la devuelve.- ¿Y tú? Pareces demasiado joven para ser policía.
-No soy policía.
-Entonces, ¿por qué haces todo esto? ¿Por qué te subes a la moto de un desconocido, y vas a un lugar así?
Me callo, un tanto desconcertada. Él en cambio, toma aire, y continúa.
-Has tenido suerte de toparte conmigo en vez de con otra persona, ¿sabes? En esta industria hay muchas personas malas. Gente que no tiene dos dedos de frente, y que no dudaría en descuartizarte con tal de que no saliese a relucir su plan. No entiendo por qué lo haces, Adriana. Es un simple chico; la policía ya se está encargando del caso… ¿Qué más quieres?
-No lo sé. Tal vez sea una cuestión del corazón.
Nico sonríe, y me pasa un brazo por los hombros.
-El corazón tiene razones que la razón no entiende, ¿verdad?-Comenta él, y yo asiento. De pronto para en seco, y me hace mirarle a los ojos. Me sumerjo en ellos; parecen un mar de dudas, desesperación, angustia y, sobre todo, astucia.- Mira, yo no te conozco y tú no me conoces… Pero soy un tío decente, y tengo que decírtelo: una vez entres es muy posible que no puedas salir de este mundo. Por eso te he hecho plantearte lo de la búsqueda. Yo te acompañaré hasta Marina si tomas esa decisión, pero si te dejas de estas tonterías y me pides ahora que te lleve a casa, me harías muy feliz. Porque no pesaría en mi conciencia que una niña de…
-Dieciséis.
-Que una niña de dieciséis años acabe de entrar derechita a la cueva de las serpientes, ¿comprendes?
Trago saliva. Sé que lo dice en serio, pero no puedo dejarlo estar. Tengo la impresión de que estoy más cerca de Enrique que ningún otro, por eso dejo de sostenerle la mirada, y respondo.
-Tengo que hacerlo.-Simplemente digo eso; y esto basta para que Nicolás abra la puerta del pub, tras haber hablado con el portero para que me dejen entrar a pesar de mi corta edad, y entrar.
El ambiente está cargado de humo y ruido. La música a todo volumen me impide escuchar las recomendaciones de mi acompañante, que se mueve entre la multitud con soltura, mientras echa rápidas miradas hacia tras para cerciorarse de que sigo ahí. Me guía hasta una barra iluminada por neones morados y azules, que le dan un toque espacial al local.
Hay una chica rubia y despampanante detrás. Viste con unos vaqueros cortos y rotos, una camiseta roja que deja al descubierto su ombligo, pues la lleva anudada por debajo del pecho, y un pirsin rosa en el labio inferior. En cuanto ve a Nicolás, surge una gran sonrisa en su rostro bronceado, y le da dos besos en la mejilla.
-Vaya, vaya, vaya… Quién se ha dejado caer por aquí. Ya hacía tiempo que no venías, Nico. ¿Qué se te ofrece?
-Esta vez, información, Marina.-Dice él, mientras esboza una sonrisa maliciosa.-Esta es mi amiga Adriana.
Me señala, y sonrío, no sin fingida simpatía.
-Encantada, cielito.-Susurra la chica.-Bueno, has dicho que querías información. ¿Sobre qué?
-Un amigo común ha desaparecido.-Comenta él.- Se llama Enrique Pons. Le conoces, ¿verdad?
-Pues claro, es un encanto de niño.-Dice, mientras me guiña uno de sus preciosos ojos turquesa, marcados por una profunda ralla de kohl.- ¿Decís que ha desaparecido?
-Sí.-Empiezo a decir.- Creen que ha podido ser porque su padre acaba de firmar un negocio en…- Me callo al comprobar que Nicolás y Marina intentan hacer que pare de hablar.
-Aquí no.-Sentencia la chica.-Max, cúbreme durante media hora, por favor.
Sale de la barra, y se reúne con nosotros.
-Venid. Allí podremos hablar.-Susurra la joven, que no debe tener más de veinte años, y nos acomoda en unos sillones que se esconden tras una gran cortina color lila.
Ella se sienta en frente nuestro, y sonríe con sus labios rojos y regordetes, no sin una pizca de remordimiento.
-No creo que sea por eso… ¿Cómo decías que te llamabas?
-Adriana.
-Eso, eso… Adriana. Un nombre muy bonito.-Hace una pausa, y continúa hablando.- ¿Alguno de los dos sabía si Enrique era un pirata informático?
Negamos a la vez.
-Bien. Pues, lo cierto es que no había hablado de esto con nadie más que con él y sus amigos, pero dado que ha desaparecido… Os lo diré. Enrique y Daniel, un amigo suyo, también era como tú, Nico. Solo que no lo hacía por ganarse un dinerillo, simplemente…
-¿Por diversión?
-Exacto. Se ve que jugaban con unos cuantos amigos a ver quién hacía más barbaridades en la red. Lo cierto es que yo no tengo ni idea de qué podían llegar a…
-Marina, por favor.-Susurro.-Necesito saberlo todo. ¿Crees que podrían haberlo secuestrado por algo de eso?
Niega en redondo.
-La policía lleva bastante tiempo intentando dar con una banda que roba contraseñas en las redes sociales para luego chantajear a los usuarios. Pero, ahora sí que os lo prometo, no sé nada de lo que hacían cuando estaban solos con el ordenador. Intuí que era a ellos quienes buscaban la policía porque os oí hablar a ti y a Enrique sobre el programa que creaste, pero no sabía si se lo habías vendido a otra persona, así que permanecí callada. No quería que resultaseis dañados.
-Solo se lo vendí a él.
-¿Crees que pueden haberse escondido?
-Cualquiera sabe.-Dice ella.-Enrique es extraño. Y es el líder. No sabemos lo que puede haber hecho. Puede que se haya escapado de casa, cualquiera sabe.
Echo una rápida ojeada a Nico, que parece igual o más consternado que yo. Él se da cuenta de que le observo, e intercambiamos una rápida mirada nerviosa.
-Gracias por tu tiempo, “M”. Ya volveré otro día, ¿vale?
-Siempre es un placer hablar contigo. Pero, por favor, no le digáis a nadie que os he dicho todo esto…-Su voz suena cohibida, incluso medrosa.
-No te preocupes. Actuaremos con cautela.
Ella asiente, satisfecha, y nos hace salir de la salita.
-Una última cosa.-Interviene Nicolás.- ¿Sabes de alguien que sepa dónde pueden estar?
Marina mira hacia todas las direcciones, hasta que saca una libretita pequeña, y anota una dirección y un nombre.
Dorotea Gibraltar
Avd. Asturiana, 12. Pta. 6
Él asiente, y me toma la mano para que le acompañe a la salida. Yo me siento como si fuese de vapor.
Mi cabeza me da vueltas, y parece que Nico ha comprendido lo que me pasa, porque me saca fuera del local para que me dé el aire, y hace que me siente en un banco.
-¿Estás bien?-Me pregunta.
-Sí, eso creo.
-Bien, porque vamos a hacerle una visita a la señorita de la nota. Con un poco de suerte encontraremos antes a Enrique que la policía.
-¿Crees que podremos dar pronto con él?
Nicolás asiente, y se sienta a mi lado.
-Nico…-Empiezo.
-¿Qué?
-Quería darte las gracias. Sin tu ayuda no podría haberme hecho con esta información.
Él enarca una ceja, y esboza una media sonrisa.
-Tranquila… Como no tengo nada que hacer los viernes por la noche me dedico a rescatar a princesas en apuros.
Sonrío, pues me ha recordado a los juegos que hacíamos Enrique y yo cuando aún éramos muy pequeños.
-Ahora en serio. Enrique y yo no nos conocíamos mucho, pero debo de admitir que una desaparición es un tema serio. Y creo que, si puedo hacer algo por ayudar, tengo que hacerlo.-Se levanta del banco, y pone los brazos en jarras como si fuese un superhéroe.-Y si vamos ahora a la casa de esta chica, tal vez encontremos el lugar donde se esconde Enrique y su panda de amigotes. Me acompañarás, ¿verdad?
Sonrío, y me levanto. Ahora que he digerido un poco lo que está ocurriendo, ya no siento dolor ni tristeza, sino ira y rabia.
Ahora que sé que Enrique solo me mostraba una de sus facetas, lo que me está moviendo no es el amor que sentía por él, que poco a poco se está extinguiendo, es el placer de saborear la victoria. De haber atrapado a un criminal con las manos en la masa, y entregarlo a la policía.
Y eso es justo lo que voy a hacer; no pienso dejar que se salga con la suya.
*******
Nicolás llama al timbre de una puerta. El susurro rechinante de este me hace estremecer por un instante. Es un lugar bastante cutre… La puerta parece que lleva siglos sin ser cuidada, y la pintura de las paredes se desconcha a medida que el tiempo pasa.
Cuando oigo el chirriar del pomo al abrirse, me coloco detrás del chico instintivamente y, al hacerlo, la puerta se abre dejando paso a una joven enfundada en una bata rosa, con zapatillas de conejito, y el cabello castaño y alborotado cayendo por su espalda y parte del rostro.
Pasa la mirada de uno a otro, y aún somnolienta, abre la boca:
-¿Nicolás? Qué haces aquí a estas horas… Mañana tenemos un examen.
-Te recuerdo que ya no voy a tu clase, Dora.
-Da igual. ¿Qué hacéis aquí con tu amiga?
-Nos han dicho que podrías resolvernos un enigma.-Susurra Nico.-Si tienes un poco de tiempo, claro.
Ella refunfuña, y nos hace entrar en la casa. Parece, simplemente, la casa alquilada de una universitaria.
Dorotea nos acomoda en dos sillas de la cocina, y empieza a prender fuego a los fogones.
-¿Os apetece un té?-Pregunta ella, y los dos asentimos con la cabeza.
-Bueno… Más vale que sea un asunto de vida o muerte. ¿Por qué venís a mi casa a las doce de la noche?
-Estamos indagando sobre la desaparición de Enrique Pons. Sé que tú le conoces, y nos han dicho que podrías saber dónde está.
-¿Quique ha desaparecido?-Dorotea abre mucho sus ojos marrones, y adopta pose de sorpresa.
-Nos han dicho que sabías lo que se tramaban.-Miente Nico.-Que sabes dónde está su base de operaciones, por así decirlo. La policía está buscando a una banda de piratas informáticos, y tenemos motivos para creer que son ellos, y que se han escondido.
Dorotea finge que está calma, pero su tez pálida destroza su coartada.
-Yo salgo con uno de sus amigos, por eso conozco a Enrique.-Comienza a decir.- Con Hugo, sin ir más lejos. Pero sólo sé que ellos no se reunían en la ciudad, sino cerca. Enrique habló de un pueblecito cercano a aquí… Roca del Valle, aunque no sé dónde se escondían.
Nico asiente, satisfecho.
-Por cierto, aún no me has presentado a tu amiguita.-Comenta la chica, explorándome de arriba a bajo.
-Esta es Adriana, Dora. Es la novia de Enrique.
-¡No soy su novia!
-Ah, ¿no?
-No. Simplemente soy su amiga… Teníamos una promesa, pero eso no implica que tengamos una relación.
-¿Qué clase de promesa?-Pregunta Dorotea, intrigada, mientras nos sirve a cada uno una humeante taza de té.
Yo respiro, y trato de explicar:
-A los ocho años nos conocimos en Roca del Valle, donde vivo. Fue en mayo, así que nos prometimos que cada uno de mayo nos volveríamos a encontrar en un viejo roble que hay cerca del pueblecito.
-Eso explica por qué iban a Roca del Valle a realizar sus propósitos. Nadie buscaría en esa villa, y él conoce la zona. Para ellos es un buen lugar.
Nicolás asiente, conforme.
Durante la media hora siguiente nos dedicamos a beber el té que Dora nos ha preparado. Cuando acabamos, recogemos nuestras cosas, y salimos a la templada noche primaveral de mayo.
Nico saca un cigarrillo, y empieza a fumar. Yo le observo soplar para dejar salir el humo de sus pulmones, y se apoya en la pared de la finca.
-¿Quieres?-Pregunta él, y yo niego en redondo.
-No deberías fumar.
-Me relaja, y créeme, ahora lo necesito.
-Eso da igual. Fumar te perjudicará, sobre todo si eres joven.
Él me observa unos instantes, sereno, y apaga el cigarrillo en la suela de su zapato.
-Ya está, ¿contenta?
-Sí.-Le sonrío.
-Sabes dónde vas a pasar la noche.
-No. No tengo ni idea.
-¿Quieres que te lleve a casa? No es buena idea que te quedes por la ciudad. Tienes pinta de niña tonta e inexperta, ¿sabes? Puedes ser un blanco fácil.
Solo de pensarlo se me pone el vello de punta, y estoy a punto de aceptar. Pero luego la duda me embarga. ¿Qué les digo a mis padres?
-No puedo. Mis padres sabrían que les he mentido.
-¿Qué les has dicho para que te dejen venir?
-Que iba a pasar la noche con una amiga, pero no existe.
Él asiente, y comenta.
-No vuelvas a hacer eso.
-¿Ahora haces de padre?
-No. Es… Simplemente es ridículo. ¿No piensas en las consecuencias?
-Vale… Puede que yo me haya pasado de la ralla, pero reconoce que es muy extraño que seas tú el que me esté sermoneando.
Él sonríe, y me mira a los ojos, divertido.
-¿Qué quieres hacer? Puedo presentarme como el hermano de tu amiga, si quieres. Dices que tienes el estómago revuelto, y por eso te he llevado a casa. ¿Qué me dices?
-Reconozco que es una buena idea.-Admito.-Si no te molesta, acércame.
Él asiente, y me rodea los hombros con el brazo.
-Como gustes, manzanita.
Susurra, y por primera vez en bastante tiempo, me siento bien. No precisamente por ser feliz; ojo, yo soy muy feliz como estoy, tranquila en mi pueblo, con mi familia y amigos. Pero… No sé, es una sensación extraña.
Nadie me había tratado así nunca: ni mis amigos, ni Enrique… Nadie.
Es como experimentar una nueva sensación; en una situación muy extraña, la verdad. Nunca habría adivinado que este adolescente con pintas de desmelenado resultase ser la buena persona que es.
-¿En qué piensas?-Susurra Nico cuando nos acercamos a la moto, y yo respondo con toda naturalidad:
-En que eres demasiado bueno para ser real.
Noto como él se tensa, pero no me suelta. Evita parecer tenso.
Vale… Tal vez me he pasado un poco: apenas lo conozco.
Pero a mí me han enseñado a ser franca y sincera.
Y es lo que intento ser.
CAPÍTULO 5
El refugio
Es sábado por la noche, y mis padres me han dejado de cuidadora oficial de mi hermana Beatriz, para que ellos puedan asistir al baile en memoria de los primeros fundadores del pueblo.
Así que estoy en la planta baja, con la chimenea encendida, y la cuna del bebé a mi lado.
Estoy terminando de leerme “El Nombre del Viento” a la luz de las llamas, y debo de reconocer que es maravilloso estar tan tranquila. Ahora que Bea se ha dormido al fin, puedo tener un rato de relax frente al fuego.
Cuando voy a pasar de página, alguien golpea la puerta repetidas veces, hasta que la abro.
Nicolás aparece en el umbral, con una sonrisa de disculpa, y me saluda con la mano derecha, mientras la otra la mantiene guardada en el bolsillo de la sudadera azul.
Miro al cielo, y puedo asegurarme de que está a punto de anochecer, y el crepúsculo se cierne sobre el pueblo, que debe de estar preparándose para la fiesta.
-Hola, yo…
-Espero que tengas una buena escusa para presentarte aquí a las siete de la tarde.
-Créeme, la tengo.
-Bien, pues pasa.-Pero antes de dejarle entrar, le advierto.-Ni se te ocurra hacer ruido, mi hermana está durmiendo, y como se despierte…
Él asiente cuidadosamente con la cabeza, y entra intentando que sus zapatillas de deporte no rechinen en el parqué.
Hago que se siente en un sofá cercano a la chimenea, mientras voy a la cocina, y abro la nevera.
-¿Quieres una coca-cola?
-Vale, pero a lo mejor no nos conviene ponernos nerviosos ahora, créeme.-Yo me giro repentinamente hacia él, que me sostiene una mirada pulcra y sincera.
Sin nada en las manos, me siento a su lado, mientras arropo a mi hermana.
-¿Qué pasa?
-Se me había ocurrido que tal vez el pueblo no sea solo lo que vemos. ¿Has pensado que puede haber un pueblo escondido abajo?
-¿Cómo en el nombre del viento?-Susurro.-Cuando Kvothe le pide a Auri que le muestre la Subrealidad, que no es más que el alcantarillado de la Universidad…
-…Y se encuentra con pasadizos para llegar al Archivo, aparte de otras aulas que han sido sepultadas bajo tierra. Sí, eso había pensado yo.-Antes de continuar con la investigación, comenta.- ¿Te gusta “el nombre del viento”?
-Sí, me lo estoy terminando.
-A mí también me gustó cuando lo leí.
Nos quedamos en silencio durante un breve espacio de tiempo, como si fuésemos tontos. Todo el rato sonriendo.
Hasta que un leve gemido de Beatriz nos despierta de la ensoñación. Después de comprobar que sigue dormida, me dirijo a Nico con expresión de preocupación:
-¿Crees que Enrique puede estar metido por los túneles del pueblo?
Él niega en redondo.
-No. Creo que ha podido usar los túneles para llegar a algún sitio. A algún sitio al que nadie más que un loco se atrevería a ir…
-A la feria fantasma.
Él asiente, satisfecho.
-¿Recuerdas cuando abrieron esa feria?
-No; yo solo tenía tres años. Lo único que sé es que la cerraron antes los dos meses de la apertura, pero nunca he preguntado por qué.
-Mi abuela me contó que mataron a seis niños en ese lugar. Aparecieron con heridas sanguinolentas al finalizar el trayecto de la atracción... No encontraron al culpable, ni supieron entonces si la atracción había sido la responsable.
-¿De verdad?
-Sí. Después de aquello, la feria se cerró, creo. Pero… Bueno, hay una historia que los chavales cuentan, ya sabes… Que dice que los espíritus de esos niños habitan la casa, y que algunas noches las luces se encienden.
-Qué miedo.
-Ya te digo.
-Pero… Eso es solo un cuento de críos. ¿Quién se cree esas tonterías?
-Bueno… Ahora hablas mucho. Pero estoy seguro de que no te atreverías a ir a la feria fantasma tú sola.
Me sonrojo un poquitín, y niego.
-No estoy loca.
-Bien. Pero… ¿Vendrías conmigo?
-¿¡QUÉ!?
-Shhhh… Calla. No despiertes al bebé.
-¿Quieres ir a la feria fantasma?
-Allí encontraremos a Enrique. Estoy seguro. Además, como bien has dicho, son sólo cuentos de críos.
-Pero… No puedo dejar a Beatriz sola.
-Puedes dejarla con mis abuelos. No van a ir a la plaza.
-¿Quiénes son tus abuelos?
-Los señores Latern.
-¿Los franceses?
Nicolás asiente, mientras intenta coger cuidadosamente a la pequeña en brazos sin despertarla.
-¿Tienes una cesta?
*******
Vale. He dejado a Beatriz con los Latern, pero no puedo dejar de pensar en que me estoy metiendo en un lío de los gordos. Nicolás está intentando romper la valla que separa la feria y el pueblo, pero no lo consigue.
Yo reparo en que las luces de la plaza han comenzado a brillar, y la música empieza a resonar por todo el lugar.
Giro la cabeza hacia el hacker, que está utilizando una pequeña navaja para cortar los hierros oxidados. Pero nada.
Él niega con la cabeza, y suspira, presa del cansancio.
-¿Estás seguro de que quieres entrar?
-Nunca he estado tan seguro de nada, ¿vale?
-Captado.
-Vamos a tener que trepar.-Interviene él.
-¡Yo no puedo trepar! Está oxidado, y además…-Me callo al comprobar que el chaval no me presta ni la menor atención.
-¡Fíjate! ¡Allí! La entrada solo está cerrada por un cordón policial.
-Entonces… ¿A qué esperamos? Podríamos habernos ahorrado bastante tiempo y fuerzas…
Pero ya no me escucha. Está corriendo para alcanzar cuanto antes la entrada; así que yo hago lo mismo, y me cuelo por debajo del cordón.
Ahora, la noche es casi profunda, y la oscuridad lo baña todo a nuestro alrededor.
Es…
Imagínate estar dentro de una película de miedo: todo oscuro; todo silencioso. Sólo tú y la oscuridad… Y, bueno, creo que esa es la parte en la que el payaso loco empieza a perseguirte con un cuchillo de carnicero.
Pero esto es real. Y no hay asesino con puñal. Solo está el frío, que comienza a calarse en mis huesos. El viento aúlla, transportando las hojas secas del suelo.
-¿Tienes miedo?
No contesto, pero mi simple paralización basta para que el chico me coja de la mano en ademán protector, y me haga dar unos pasos hacia delante.
Puede que no pueda ver casi nada, pero la vista del lugar es desoladora.
Frente a mí se encuentra una antigua carpa de circo, y a su izquierda, unas cuadras de madera, que hacen de marco para los desgarrados carteles publicitarios.
Al otro lado es donde empiezan a verse las atracciones. La primera es un tío vivo precioso… Hay tres tipos de caballos, de grande a pequeño. Y también hay carrozas de un apañado estilo barroco.
Pero ahora… Ahora Nicolás me conduce hacia la izquierda, donde se encuentra el panel de luces y mandos.
Lo abre, con cuidado, y lo enciende.
De pronto, aparece un torbellino de luces rodeándonos. Las bombillas empiezan a iluminar el terreno, y la música feriante invade nuestros oídos.
Es la primera vez que la feria resurge de las cenizas, como el ave fénix, desde hace más de trece años.
-¿Dónde crees que pueden estar escondidos?
-No lo sé.
-Tal vez si nos separamos…
-No. No podemos separarnos, ¿vale? Tenemos que estar unidos, porque podrían capturarnos.
-Será mejor que llamemos a la policía.
Él me hace mirarle a sus peculiares ojos violentados y, finalmente, toma una decisión:
-Mantén el 112 marcado, y cuando creas que es necesario, llamas. Pero no antes, ¿de acuerdo? Porque, sino, los que vamos a tener problemas seremos nosotros. Antes tenemos que cerciorarnos de que están aquí.
Asiento, pero no puedo dejar de mirarle a los ojos. Me tienen embrujada, como si me hubiesen atrapado en una red, y ahora tuviese que ocurrir un milagro para que la red se rompiera, y yo quedara libre.
Pero eso no ocurre hasta que Nico me roza la mejilla con sus dedos, y vuelvo a la realidad. Y, apartándole la mano de mi rostro, intento recordarme que no somos del mismo mundo: que él pertenece a la tétrica noche, y yo al luminoso día.
-Tenemos que encontrarles.-Digo para quitar hielo, y él asiente.
Seguimos caminando; recorriendo el lugar de cabo a rabo. Pero es inútil: es como buscar una aguja en un pajar.
Hasta que, por fin, llegamos a un lugar donde parece que la electricidad no ha llegado aún.
-La casa embrujada.-Señalo.
-Fue ahí donde mataron a los niños. Pero sospecho que Enrique no sabe nada.
-¿No crees que es un lugar perfecto para esconderse? Es una casa, ¿recuerdas? Sin los adornos ni los sustos provocados por la electricidad, es una simple finca isabelina.
Escucho voces. Se ríen; gritan; charlan. Y provienen de la casa.
-Son ellos.-Digo yo, convencida. Estoy a punto de abrir el portón cuando Nico me coloca una mano en el hombro, y me detiene.
-Iré yo primero.
-¿Por qué?
-Porque sí, ¿entendido?
Me encojo de hombros, y él entra, seguido de mí. Encendemos las luces, y acto seguido la atracción comienza a cobrar vida.
El suelo baja con nosotros encima: cruje, se tambalea… Y yo me agarro con fuerza al brazo del joven, que parece tan pasmado como yo.
El suelo sigue bajando, como un ascensor, hasta dejar una apertura en uno de los muros que lo rodean: es un pasillo.
Aún aferrada al hombro del que, posiblemente, ya pueda considerar amigo, entro en el pasillo, y sigo caminando hacia delante, con el miedo en el cuerpo y el tembleque de un flan.
-Quién me iba a decir que iba a entrar en una casa encantada con veinte años.
-Aún tienes dieciocho.
-Qué más da.
Mientras susurramos sandeces como esas, no somos conscientes de que nos acercamos a unas vagonetas, que parecen realizar el recorrido completo alrededor de la mansión.
-¿Tenemos que subir?
-Eso parece; no hay otra salida.
Nos sentamos en ellas, y empiezan a correr. De pronto, unos gritos de alerta invaden mi mente, y me sumergen en un estado de profundo pánico.
Es la voz de Enrique, que me pide a gritos que no suba al vagón.
Demasiado tarde: la locomotora ya cruza a toda máquina el pasillo, y se desliza por las vías de la mansión encantada rápidamente.
-¡AGÁCHATE!-Me grita Nicolás, y me empuja hacia dentro de la vagoneta.
Ahora comprendo por qué lo hace. Mil y una cuchillas afiladas comienzan a volar alrededor de nosotros, seguidas por las hachas de caballeros sin cabeza, que cortan el aire con sus oxidadas hojas. La cuestión es que no parece que lo hagan en un orden lógico. Se tambalean y se lanzan como bien les viene.
Nico emite un leve gemido, y yo me asusto:
-¿QUÉ PASA?
-Me ha dado una…-Mientras lo dice, yo le agarro por la espalda, y le obligo a arrimarse mucho más a mí.
Él se tumba encima, en el suelo del carricoche.
Observo las mil y una cuchillas que se abalanzan sobre nuestras cabezas, y noto los vaivenes de la carreta, que se abre paso entre un mar de dagas voladoras que se abalanzan hacia la pared de enfrente.
-¿Te duele?
-¿Tú qué crees?
-Creo que fue por eso por lo que esos niños murieron hace trece años.-Digo torpemente.- La atracción está estropeada.
-¿Tú crees?-Comenta con sorna, mientras se acomoda un poco para intentar no chafarme, y luego comenta.-Pero nosotros no seremos los siguientes. Recuerda que acabamos de encontrar a unos fugitivos. Vamos a salir en la prensa, y como personas vivas, ¿de acuerdo?
Sonrío, y sin pensarlo siquiera, le beso en la mejilla.
Él se queda sin habla, y se mantiene un poco rígido, al menos, hasta que nota cómo la vagoneta va parando poco a poco.
-Llama ya a la policía.-Me dice al oído, y yo, corriendo, cojo el móvil y marco el 112.
Cuando una voz suena, me siento más tranquila y aliviada.
EPÍLOGO
Los amantes se encuentran en el Roble Viejo
Un año después…
Tal vez ya esté lista para contar lo que verdaderamente ocurrió los días siguientes a la detención de los chicos.
Llevaron a Nicolás a un hospital, y yo pasaba casi todos los días a verle. Aunque era un simple corte en el brazo, los médicos dudaron de si podía ser perjudicial para su salud, ya que fue hecho por una hoja oxidada.
Hablábamos y hablábamos durante horas. Y, la verdad es que parecía que nos conociésemos desde hace años.
Unos días más tarde, nos tomaron declaración a todos. Se celebró el juicio, y les cayó un mes en un reformatorio a cada uno. ¿Por qué? Pues… Simplemente, diré que sí. Que eran ellos la banda que chantajeaba a jóvenes a través del tuenti. Pero la cosa iba más allá. No tengo ganas de relatar cómo era su “modus operandi”, porque no quiero volver a recordar al chico al que quise convertido en un delincuente.
Ya es demasiado duro saber que hoy es 1 de mayo, y que no va a ir nadie a la cita en el Roble Viejo.
Pero da igual…
Ya lo he superado.
También me despedí de Nico. Y, lo cierto es, que fue demasiado difícil.
Estábamos en una acera, frente al Café Bohemia, donde no habíamos conocido en persona.
Ahí fue donde tomé la decisión: le dije que me gustaba de verdad, pero que pertenecíamos a mundos distintos. Que él era un ser de la noche y la tecnología, mientras que yo era una chica de la luz, y necesito que la naturaleza esté alrededor de mí.
Por eso, y no por nada más, le dije que no era conveniente que volviésemos a encontrarnos. Le hice prometer que no volvería a mi casa a buscarme, mientras que yo no intentaría encontrarlo por medio de Marina o Dora.
Y así, con estas crudas palabras, me despedí de él para siempre.
Ya ha pasado un año, y no he dejado de pensar en Nicolás, en Enrique, y en todo lo que sucedió aquellos días tan intensos que marcaron mi vida para siempre.
Ya nadie volverá a hacerme sonreír en mayo. Ya no sentiré la vida fusionarse, porque no tengo a nadie con quien compartir ese sentimiento de dulzor.
Los amantes nunca más se encontrarán en el Roble Viejo, porque ya no hay amantes. Simplemente será una chica joven la que se sentará en sus raíces y, mientras contempla el arrollo cercano, llorará por los buenos momentos que ha pasado allí, y que jamás resurgirán de las cenizas… Pues la historia no es un ave Fénix.
Así que, aquí estoy, caminando entre el bosque para cruzar de roca en roca el arrollo, y sentarme bajo la sombra del árbol a rememorar los capítulos de mi anterior vida.
Acurrucarme y observar a la vida unirse con la vida, mientras lloro por mis fantasmas.
Pero algo me asusta cuando voy a cruzar las aguas. Hay un joven a mi lado, apoyado en la rama de un árbol. Está de espaldas, pero creo saber quién es.
Enrique.
No. Sé que es imposible. ¿Por qué iba a venir a mí después de darle tal bofetón? Además, no sé ni siquiera si quiero verle. Aún no lo he perdonado, y dudo mucho que vaya a hacerlo en lo que me queda de vida.
Me acerco hasta el muchacho, moreno y fuerte, y poso delicadamente mi mano en su hombro. Éste se gira bruscamente, y de pronto lo comprendo.
Sus ojos violeta me miran como si yo misma fuera un sueño, y creo que los míos hacen lo mismo.
No es Enrique, ni mucho menos.
-Nico…
Dos lágrimas afloran del fondo de mi ser, y ruedan por mis mejillas, que arden.
Me hecho a sus brazos, rodeándole el cuello con mis manos. Por un momento noto como él me levanta del suelo, y me abraza con todas sus fuerzas.
Nos quedamos así, sin decir nada, sin reparar que, a nuestro alrededor, la naturaleza se fusiona, al igual que, en este abrazo, lo hacen dos mundos en guerra.
Dos mundos que se evitan porque son demasiado diferentes, pero que, al mismo tiempo, se complementan.
Y yo, mientras le acaricio suavemente las mejillas enrojecidas… Mientras le susurro que le amo al oído, siento que en mi fuero interno le grito a mi mayo… A mi queridísimo mes de mayo:
“Solo tú podías conseguir algo así.”
Sofía Mas Conejero, Valencia, Mayo 2010
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