domingo, 23 de noviembre de 2014

La niña de la casa cerrada

Erase una vez… Una niña que vivía en una casa. Lujosa, aunque muy pequeña. La niña era feliz allí, pero con tan poco espacio sólo cabía ella. Estaba sola, alejada del mundo y del tiempo. Nunca abría sus cortinas rojas, pomposas y aterciopeladas. Se limitaba a pasar la vida alejada de todo, tan sólo con lo que ella consideraba necesario para su propia felicidad. Por las mañanas, al despertar,  se levantaba de su cama, y recorría la suave colcha con las yemas de los dedos. Después desayunaba tortitas, y seguidamente se ponía a tocar su precioso piano blanco.
Pero, una tarde que estaba aburrida, se fijó en que las cortinas dejaban al descubierto una pequeña rendija. Intrigada, la descorrió y se puso a contemplar el paisaje. Lo que vio la sorprendió bastante. A su alrededor había un vecindario, con grandes mansiones igual de bonitas que la casita de ella. Pero, a la vez, eran diferentes. En el interior de aquellas enormes casas había mucha gente. Los propietarios irradiaban felicidad. La niña podía percibir su alegría.
Y, de pronto, se sintió vacía. Creía que era feliz en su pequeño mundillo; solamente con su piano, su caballete y sus libros.
Se dio cuenta de que no. De que, era cierto que era feliz, pero estaba vacía. Necesitaba ver su casa repleta de gente.  A rebosar de amistades.

Alguien llamó al timbre. Se asustó. Ya lo habían hecho antes, pero nunca se había dignado tan siquiera a ver de quien se trataba.  Se creía feliz sola. Con su pequeño mundo. Pero ese día, por primera vez se acercó a la puerta y, con el sol cayendo en el horizonte, y salpicándole la cara de un suave color rojizo, tímidamente, la abrió.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Paradoja

Me dijeron hace tiempo que la vida hay que vivirla, porque, de lo contrario, no tendría nada que escribir. Me dijeron que no desistiera, y que fuera yo misma, pero fueron los primeros en no quererme así. Si ser valiente es un pecado, y no serlo, es inmoral, a la hipocresía del humano no busquemos el final. Pues quienes fueron los cobardes de no quererme siendo así, serán los que luego, cuando brille, vengan a mí.
Por eso hay que querer a quien te quiere como igual, sin reservas ni prejuicios, tan sólo siendo natural. Quienes te vieron invisible son los que valen la pena, y así comprendemos que el resto es del viento la veleta. Quienes cambian contigo, quienes que mejoran en tu honor, esos valen la pena, no aquellos que desearon tu condena.

Y si crees que avanzas a duras penas, y que el miedo te hará abandonar, recuerda que hubo alguien que te quiso como nadie, que te quiere y te querrá. Pues esos son los verdaderos amigos, los que, cuando creíste que no había nada en ti que valiera la pena, que tuviera sentido, en ti encontraron a una persona que alumbró sus caminos, y por eso, sólo por eso, entenderás que los hipócritas decían la verdad: que la vida hay que vivirla, que no hay que desistir, que sólo siguiendo tu camino serás capaz de alcanzar un fin.

Contigo

Con tu historia y tu guitarra, y tu ajetreada vida. Con la sombra del desconcertante devenir que se avecina. Con tus idas y venidas, con tu nervios y sonrisas. Con tus penas y alegrías lidiadas con valor. Con tu amor a la bondad y tu odio al odio. Con tu grandeza de espíritu. Con tantos años caminados, tantos, que sobreentiendo que eres mío. Con la intriga del futuro, con el comienzo de un turno… Será contigo, y sólo contigo, con quien me atreva a descubrir el mundo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El Eco del Silencio

A veces miro hacia el pasado con nostalgia. En mis recuerdos, todavía sigo siendo la misma niña de trenzas castañas que corría por aquel bosque bajo el sol de las tardes de verano. Pero, en cuanto me descubro a punto de traspasar la línea que separa la nostalgia de la tristeza, inmediatamente dejo de soñar despierta.
Y vuelvo a la realidad.
Ya no hay bosques bajo los cálidos atardeceres, y mis trenzas castañas van camino de desteñirse.
Sólo queda en mí el eco de lo que un día fue. Un eco ya apagado, silencioso y constante. El eco de las risas de mi amigo bajo la sombra de los pinos, del taconeo de mi hermana al desmontar de la bicicleta.
Todo es tan distinto ahora, aunque resulta tan extrañamente cercano... Esos momentos son los primeros y lentos acordes de una canción sin finalizar: te conmueven, te abren la puerta hacia lo que aguarda, y siempre los consideras los más hermosos.
Al hacerte mayor cambia el mundo, y con él, cambias tú. Dejas atrás los vaqueros holgados, y las mejillas sonrosadas de la infancia dan lugar a pómulos angulosos y empolvados. También dejas atrás las muñecas y las tiaras de plástico, incluso a amigos y lugares de juego.
Cambias tú y, contigo, cambia el mundo. Y un día te das cuenta de que ya no eres tan niña, de que comienzas a hacerte mujer; de que hay personas que quieres y sabes que no volverás a ver, y lugares que frecuentabas y por los que no te dejarás caer. 
Te sientes triste porque crees entender el futuro, y en él no hay cabida para la felicidad presente. Porque tus amigas se separan, ya no están contigo siempre. Porque tu amigo del alma y tú, de pronto, comenzáis a ser diferentes. Y te sientes sola, y con miedo a lo que se avecina. No concibes un futuro mejor que tu pasado.
Pero sí que lo hay. Habrá miles de historias que contar a tus nietos. Recordarás más allá de aquellas trenzas con lazos de color. Habrá gente que llegue, y sí, también echarás de menos a la gente que se fue. Pero no, no llores por ello, no llores porque el mañana será diferente a ese silencioso eco que escuchas en tu mente, fruto de los recuerdos que gritan y chillan en el vacío que han dejado. Sonríe, porque la vida te ha regalado momentos. Momentos tristes, momentos alegres... Momentos con los que estremecerse al hablar de ellos. 
El mundo no acaba, sólo cambia y continúa su camino. Y por consiguiente, también cambias tú. Y ese mundo no tiene por qué ser malo, sólo distinto. Tal vez llegue a ser mejor de lo que imaginas.
Aplasta el miedo a lo desconocido. Vive, ama, siente, ríe... Hoy o mañana, o incluso ambos. Escucha rock a todo volumen o escribe un poema entre lágrimas. Porque tú eres tú, y aunque cambies en lo externo, será la misma sonrisa la que se dibuje en tu rostro cada mañana, será la misma mirada la que observe su entorno, tal vez más curtida, más madura.
El eco se sieve del silencio para poder sonar. Pronto llenarás ese vacío que piensas que tienes. Rebosará de nuevas vivencias, de nuevas historias, de nuevas ilusiones con las que soñar. Tienes toda la vida por delante, y personas a las que conocerás, y momentos que recordar.
Pero, sobre todo, recuerda que aunque cambies, aunque el mundo parezca cambiar, tu canción seguirá sonando, ahí dentro, y latirá cada vez más fuerte en ese corazón que, pase lo que pase, siempre será tuyo... El mismo de aquella niña que corría bajo el sol aquellas tardes de verano, y la que un día decidió mirar hacia el cielo y se le ocurrió crecer.

lunes, 19 de mayo de 2014

Un café y una sonrisa

Tomemos un café y hagamos de nuestras bocas nuevas sonrisas, porque para algo estamos aquí, sentadas en la barra, la una frente a la otra.
Somos amigas desde que alcanza nuestra memoria. Al principio jugábamos a ser mayores; ahora, pretendemos creer que seguimos siendo niñas. Pero la infancia pasó, ya se esfumó, y con ellas las expectativas tan enormes del primer beso y la primera cita.
Hemos llorado juntas, hemos reído, y ahora, aquí, tomamos café y sonreímos recordando viejos tiempos: tiempos alejados de nuestras vidas de ahora, pero siempre presentes en ese espacio de la memoria destinado a lo entrañable. 
¿Recuerdas cuando te gustaba aquel chico? Dice ella sorbiendo lentamente la película de espuma. ¿Siempre tienes que hablar de lo mismo? Respondo yo mientras me ruborizo, escondida tras la taza. Y sí, siempre tiene que hablar de lo mismo, y no le reprocho nada. Porque ella fue la que se pasó horas al teléfono cuando aquel chico cortó conmigo, la que siempre me insistió en que no era buen tipo. A la que le contaba cada amor platónico y prohibido, cada niño que me sonreía, o quién era él, por el que sería capaz de dejar a un lado todos esos pensamientos de adolescente enamoradiza y lo daría todo.
Madurar, crecer juntas, conocernos, es lo más bonito de mi vida. Saber que la tengo a ella, aunque no estemos juntas siempre. Aunque todo lo que tengamos ahora no sea más que esto: tardes de cafés y unas cuantas sonrisas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Enamoramientos

A veces nos enamoramos de quien no debemos. Otras, tal vez, por error. En ocasiones ni siquiera llegamos a decírselo a esa persona, puede que por temor a no ser correspondidos. Sin embargo, ¿y si al no decirlo estamos obstruyendo las arterias de la vida? ¿No deberíamos dejar fluir el destino que puede que nos corresponda? Aprobado el sentimiento, asaltemos al devenir con voz resonante; gritemos en su oído que queremos ser felices, al menos, por unos momentos. Porque el enamoramiento no es amar, ni mucho menos.
Es más un placebo que nos hace sentir dolor, obsesión, cariño y pasión exacerbados. Puede ser el inicio de un cuento de hadas, o de un final no muy lejano. El enamoramiento, en realidad, es propio de gente como nosotros. Pero no debemos olvidar que sólo es eso, pasión, nada más.
Ojalá los enamoramientos nos indicaran cuándo amamos de verdad.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Homenaje a los que faltan

Hoy, como otro cualquiera, es un buen día para homenajear todo el amor que nos dieron esas personas que ya no están junto a nosotros.
Ya sea por la llamada "ley de vida" o por la inoportuna "ley de Murphy", nuestra historia acabó dejando tras ella restos para conformar parte de una vida, y así mismo un vacío en nosotros imposible de volver a llenar.
Y es que, a fin de cuentas, cada persona es irreemplazable; puede que sus imperfecciones sean las que las hacen ser únicas, especiales, y retos para nosotros... Pues estar juntos, aguantarnos, mimarnos, querernos, es un gran reto, un reto del que a veces se desiste, y no se llega al final.
Después, están esas personas con las que nuestra historia parecía no tener fin, hasta que la eternidad las llamó a ellas y no a nosotros.
No hace falta una fecha o un momento en particular para decir esas palabras y, además, no lo hay. Pero es un hecho tan real como nosotros el haber querido a gente que ahora ya no está.
Dicen que nunca dejamos de querer... que, pese a los problemas y al daño, el ser humano perdona y olvida, y al final sólo queda en la memoria el dulce sabor de la calidez del trato mutuo.
Así que, lanzo este mensaje al aire, a todos, para que recordéis que hay personas a las que habéis querido y a las que, seguramente, nunca dejéis de querer. Aunque la eternidad y el orgullo estén por medio, ellas siempre serán parte de vuestra historia, de vuestra vida, y del corazón y del espíritu. Serán parte de vosotros mismos, y no podréis hacer menos que, al mirar atrás, una vez pasado el dolor, sonreír al ver sus miradas en vuestra memoria, y recordar que esas personas, esas gentes que ya no están con vosotros, fueron un día parte de vuestro todo...
Fueron las que realmente os hicieron felices.

lunes, 30 de septiembre de 2013

My guardian angel

Hay momentos en la vida en los que te sientes sola aún estando acompañada. En los que crees que no volverás a renacer, hagas lo que hagas.
Y entonces, como por arte de magia, llega la salvación, y un ángel te toca con su gracia. Vuelves a poder respirar, y sientes que no vale la pena llorar sobre tu almohada...
Todavía queda mucho por vivir, y mucho que compartir, porque no estás sola: nunca lo has estado. Siempre que ese ángel de la guarda esté presente, nunca lo estarás.
Porque, de eso se trata: de guardar la soledad bajo llave y no dejarla escapar; de que nos ayudemos mutuamente a... a aprender a vivir. Se trata de saber amar, de saber compartir. Y de soñar con que algún día, tal vez, lleguemos a saber ser felices.

jueves, 5 de septiembre de 2013

ÍNTIMOS AMIGOS

Los íntimos amigos son como hermanos con padres distintos. A diferencia de tus otros amigos, quienes, tal vez, puedan estar constantemente estudiando la forma de cómo decirte que te quieren cada día más, el íntimo amigo no lo necesita, porque sabe cómo hacértelo saber sin palabras; una mirada vasta para decirlo.
Los íntimos amigos se necesitan porque, realmente, se quieren. No es un amor de película, sino algo más arraigado en sus propios corazones. Es el sentimiento de tener a alguien al lado, un hombro en el que llorar, unas palabras de sosiego, o tal vez una mirada cómplice en un bosque de grandes pinos intentando mirarlos por encima del hombro.
Los íntimos amigos, por tanto, se quieren y se respetan, y se sienten tranquilos y aliviados al saber que su amistad es lo que es: desinteresada, leal, amable y un poco burlona, como debe ser.
Así que recuerda que tu íntimo amigo te adora,  aunque no sea de esa clase de gente que te lo recuerda mañana, tarde y noche. A fin de cuentas, son solo palabras. Él estará allí cuando lo necesites, y lo dejará todo por ti. Él te sonreirá cuando pases malos momentos, y te ayudará a superarlos. Y todo esto con tacto, con prudencia, y sin llamar la atención; será la mano que te ampare cuando creas que todo está perdido; en silencio, en la sombra, cuidará de ti. Será él también el que se ría contigo los buenos ratos, el que cotillee un poquito y el que te hable con franqueza. El que te pida permiso cuando intente utilizarte (que, por lo tanto, no se deberíamos hablar de utilización, sino de pedir un favor), aun sabiendo que lo tiene de sobra. El que al darle la mano te pregunte si de verdad se la merece, aunque sea consciente de que, si te lo pidiera, le darías el brazo o incluso el propio corazón… y también es el que sabe cuándo y cómo pedir ese tipo de favores. Y es también el que sabe cómo mantenerte al lado a lo largo del tiempo. El que, aunque no conozca absolutamente todos tus secretos vanos, conoce tu alma, y tu forma de ser. Por eso es el único que se puede tomar la libertad de hablarte sin tapujos y darte consejo sin pedirlo, porque es también el único que sabe cómo eres y qué quieres alcanzar. Y cuando vayas a enfadarte con él, a pensar que quiere cambiarte, recuerda que quizá lo único que quiera es que vuelvas al camino. O que cambies, sí, pero a mejor.
Los íntimos amigos tal vez tengan roces, tal vez se enfaden por nimiedades. Pero se perdonan, y olvidan al momento. Y realmente, el que perdona de esa forma, de verdad, es porque ama y quiere con toda su alma.
Así que, una amistad como esa, tan íntima y personal, merece la pena cultivarla y cuidarla. Porque pocos podemos decir que tengamos, aunque sea, un amigo así. Y yo me siento afortunada de tenerlo, realmente afortunada, porque hay personas que tal vez nunca conozcan el significado de una verdadera amistad, o que la tiren por la borda.
Hay personas que trastocan el significado, y creen que un íntimo amigo debe estar a tu lado por obligación, por compromiso. Pero lo cierto es que el íntimo amigo se queda por él mismo, porque no se siente obligado y, precisamente por eso, desea quedarse.
El íntimo amigo, a su vez, te alienta a hacer las cosas bien. Y te apoya a ti pase lo que pase, aunque luego, en privado, crea que no tienes razón y te ayude a comprender la situación. Pero nunca te deja solo, nunca te deja desarmado ni a la intemperie.
Es una relación un tanto difícil de definir, y poca gente da con su verdadero significado. Así que ahora pido que no os dejéis engañar: la amistad interesada realmente parece verdadera, pero no lo es. Cuando encontréis a alguien con quien compartir este sentimiento, estas sensaciones, no tendréis por qué actuar. Una amistad así empieza con un hola, pero no acaba porque paséis dos o tres días, o incluso un mes, sin hablaros. Porque tal vez necesiten su espacio. La íntima amistad es madura: ofrece respeto. Y aguanta sin queja las temporadas de exámenes, o peor aún: cuando se está enamorado.
 No te absorbe la vida, al contrario: te ayuda a vivirla como mereces, y te anima a reírte, y a solventar problemas y, en definitiva, a ser feliz.
Así que, hermano, gracias por todo lo anteriormente mencionado. Gracias por ser testigo de mi vida y ser el muro en el que me sostengo cuando creo que todo está perdido y no dejo de caer. Gracias por haber nacido, por estar dentro de mi destino; por haber sabido soportarme y, lo más grande de todo, por haber sabido cómo conocerme de verdad.

Enhorabuena a todos aquellos que tenéis un íntimo amigo, y mi más sincera admiración a quienes tenéis dos o más, porque un amigo es un tesoro, es un hermano… es lo más grande que el mundo nos puede ofrecer.

sábado, 27 de julio de 2013

La princesa y su corona

Bajo el espeso velo que la fortaleza creaba no había otra cosa más que dolor. El mundo había cambiado, y con él, ella. La soledad hacía mella en su más que agotada alma, que no podía dejar de emitir ese silencioso grito de guerra que nadie escuchaba salvo su espíritu, ya condenado de por vida a ser desconfiado.
Entonces,  cuando el grito fue audible más allá del silencio, todo cambió. Y todos se dieron cuenta de cómo era él, su príncipe, en realidad.
Ella todavía duda. Se siente presionada por un amor al que no está destinada; se siente apesadumbrada al no saber si dejarlo marchar, de una vez por todas, o de conservarlo en su memoria aun sabiendo que va a ser lo más doloroso a lo que se vaya a enfrentar nunca.
Es consciente de que jamás amará a nadie como lo ha amado a él. Pero él nunca la amó de verdad. Sólo fue un niño que necesitó de un bastón para levantarse frente a una sociedad juiciosa. Ella fue la princesa que lo convirtió en príncipe, y él el plebeyo que la destronó a ella, que se llevó su corona.
La princesa cree saber lo que le conviene. Intuye que lo más parecido a la redención de su alma es el olvido de su amor imposible: de ese hombre que creyó su salvavidas, y que finalmente la ahogó. Y está a punto de consentirse el capricho de abandonar el sabor amargo del adiós para sonreír de nuevo por ese mismo motivo. Pero eso sólo puede ocurrir de una manera.
Ya no es libre, pues desde el momento en el que comenzó a amarlo se subordinó a él, por eso ahora hará algo que cambiará el curso de las cosas.
La princesa ahoga un gemido al acercarse al balcón de su alcoba. Un intenso escalofrío de placer recorre sus miembros. Y al mirar al cielo, tan oscuro como su melena larga y espesa, dice adiós al mundo.
Y salta.
Comienza así su última metamorfosis. La primera ocurrió cuando su príncipe le robó su vida para obtener la de él. Esta segunda la convierte de nuevo en princesa. Tal vez una princesa dormida, una princesa herida… Pero en una princesa, como antes, como siempre lo fue hasta que lo conoció a él.
Aunque caiga desde la más alta torre del castillo y sepa que el impacto acabará con ella, no tiene miedo.
Es incluso feliz.
Porque, a fin de cuentas, ha recuperado su corona. Ahora ya es libre.